
Y, sin embargo, la libertad no deja de ser por ello un campo cercado y lleno de minas. Imposible de asumir como concepto absoluto, pues nuestros deseos siempre encuentran alguna limitación —interna o externa— que frustra la noble aspiración emancipadora.
Para los estoicos —veintitrés siglos atrás— ser libre era algo parecido a elegir bien bajo el dominio de la razón, respetando las esferas de libertad de los demás. Un camino que acota y redefine el concepto; que facilita nuestra renuncia al “ser” absoluto y nos conduce al “sentir” relativo.
Sentirse libre se convierte así en algo mucho más manejable; un concepto perseguible y alcanzable. Una sensación subjetiva, producto de la determinación y el control que ejercemos sobre decisiones que nos acercan o separan de nuestros deseos y propósitos.
Como percepción personal es real, y por ello cuantificable. Existe en nuestro interior. Es la responsable de que algunas personas lleguen a experimentar la sensación de libertad durante un horrible cautiverio, y que otras muchas, sin padecer restricción física o ver limitados sus movimientos, se consideren sometidas a la voluntad ajena.
Por ello, a pesar de su catalogación como gran valor y derecho universal del individuo, la libertad, igual que la felicidad, acaba siendo un constructo personalizable que desarrollamos a través de la búsqueda y obtención de certezas y verdades, de la superación de nuestros límites, y que experimentamos mediante la satisfacción que nos genera nuestro desarrollo personal.
Para su adecuada interpretación debemos contemplar dos consideraciones:
Tengamos en cuenta que el condicionamiento social y el propio (experiencias personales y nuestros propios genes), determinan la percepción sobre el sentimiento de libertad que estimamos satisfactorio. Y que, además, vivimos expuestos a un factor psicológico de corte perverso: a nuestro cerebro, en según qué circunstancias y condiciones, la sumisión puede resultarle más cómoda y placentera que la propia libertad. Por ejemplo, al diluir responsabilidades en el entorno para que el error sea imputable al sistema antes que a la propia decisión: «Yo hago lo que se me ordena» (la obediencia debida del ámbito militar).
Alcanzar, pues, una alta percepción de libertad exige actuar con autenticidad, con plena consciencia, sin autoengaños. Asumiendo las incongruencias y disonancias internas que fabrica nuestra mente y estableciendo límites a nuestra voluntad y a nuestra conducta. La introspección, el autoconocimiento y el razonamiento crítico son aquí las herramientas claves para la evolución positiva de nuestro reconocimiento como seres libres.
Igual que la rueda y su eje, como un sistema, nos permite movilizar grandes cargas físicas, la libertad y el conocimiento deben trabajar de forma conjunta y solidaria para impulsar nuestro crecimiento personal.
Por algo la limitación y la manipulación de la información —y con ello el conocimiento adulterado y/o parcial—, es mandamiento básico de todo régimen o estructura autoritaria. El control social requiere restringir la autonomía perceptiva del individuo. No se necesita el uso de la violencia física para someter o coaccionar la voluntad de las personas; basta con hacerlas creer que su libertad (su percepción de libertad) depende de un permiso ajeno.
Así es como, trayendo a nuestros tiempos el mítico aserto de don Alonso Quijano, podemos concluir diciendo que «por la libertad, así como por el conocimiento, se puede y debe aventurar la vida».

Francisco Gabriel Romero Cañizares es un explorador en todos los sentidos: ingeniero y directivo con una destacada trayectoria en la gestión empresarial, alpinista y viajero que ha recorrido el mundo en busca de desafíos, escritor que convierte sus experiencias en relatos fascinantes, y coach comprometido con el desarrollo del talento humano.