
Hay palabras que parecen sencillas hasta que intentas definirlas. Coherencia es una de ellas.
A lo largo de más de veinticinco años trabajando en cooperación internacional, acción humanitaria, universidad, empresa y administración pública, he conocido a personas extraordinarias. Algunas ocupaban puestos de responsabilidad. Otras no tenían absolutamente nada. Y, curiosamente, las lecciones más profundas sobre la coherencia rara vez vinieron de quienes más hablaban de ella. Vinieron de quienes la vivían. Por eso sigo teniendo la convicción de que la verdadera coherencia no se entiende en los libros, sino en la vida.
Tendemos a pensar que la coherencia consiste en mantener siempre las mismas opiniones. No estoy tan seguro. Las personas aprendemos, cambiamos, maduramos. Sería extraño no modificar algunas de nuestras ideas a lo largo de la vida.
Quizá la coherencia tenga más que ver con otra cosa: con mantener los mismos principios cuando las circunstancias cambian.
Recuerdo una conversación reciente con Khadija Amin, periodista afgana refugiada en España tras la llegada de los talibanes al poder. Durante la entrevista le pregunté:
—Después de haber perdido tanto, ¿qué es lo que nadie ha podido quitarte?
La pregunta no buscaba una respuesta política. Buscaba algo más humano. Porque cuando alguien pierde a sus hijos, su país, su trabajo, su seguridad o parte de su pasado, queda al descubierto una cuestión esencial: ¿qué permanece?
La respuesta de Khadija giró alrededor de su voz, de sus valores y de su decisión de seguir defendiendo aquello en lo que cree. Me habló de la tentación de callarse, de desaparecer, de dejar de ser un problema para los demás. Y me dijo que resistir esa tentación, seguir hablando, seguir exigiendo, seguir siendo ella, había sido el acto más coherente de su vida.
He visto algo parecido muchas veces. Lo he visto en refugiados que compartían lo poco que tenían con otros refugiados. En personas que seguían ayudando a los demás aun cuando ellas mismas necesitaban ayuda. En quienes habían perdido bienes, posición social o seguridad, pero se negaban a perder la dignidad.
También lo he visto en personas como Ángel Olaran, que lleva décadas viviendo junto a quienes más sufren en Etiopía. O en Vicente Berenguer cuando vivía en Mozambique. Su defensa de la dignidad humana no dependió nunca de modas, ideologías o circunstancias. No siempre han hecho lo fácil, ni siquiera lo conveniente (han sido amenazados de muerte en muchas ocasiones). Pero han intentado ser fieles a aquello que consideran correcto.
Y quizá ahí aparezca la verdadera dificultad. Porque la coherencia suele ser cómoda cuando no exige renuncias. El problema llega cuando tiene un coste, cuando decir la verdad puede perjudicarnos, cuando mantener un compromiso resulta incómodo. Cuando actuar de acuerdo con nuestros valores implica perder oportunidades, reconocimiento o tranquilidad. Es entonces cuando descubrimos si nuestros principios eran convicciones o simplemente preferencias.
Lo mismo ocurre en las organizaciones. Las empresas hablan con frecuencia de valores, propósito y cultura. Sin embargo, la coherencia no se encuentra en una declaración colgada en una pared. Se encuentra en las decisiones que se toman cuando los resultados y los principios parecen entrar en conflicto.
En el liderazgo, la coherencia tiene una propiedad extraña: no se puede fingir durante mucho tiempo. Puedes sostener la apariencia durante meses, quizás años. Pero en los momentos que importan (cuando hay que tomar una decisión difícil, cuando hay algo que perder, cuando nadie está mirando) lo que aparece es lo que realmente eres.
Los equipos lo saben, las personas que trabajan contigo lo saben. A veces antes que tú.
Por eso no creo que la coherencia consista en ser perfectos. Todos nos equivocamos. Todos nos contradecimos a veces. Todos nos alejamos, en algún momento, de la persona que queremos ser.
Eso, al menos, es lo que he aprendido de las personas que más me han enseñado. Ninguna de ellas me habló de alineación de valores ni de liderazgo coherente. Me hablaron de lo que habían decidido no perder, aunque todo lo demás se cayera.
Quizá por eso sigo recordando aquella pregunta a Khadija. ¿Qué es lo que nadie ha podido quitarte?
Intenta responderla. Tal vez la respuesta que demos diga mucho más sobre nuestra coherencia que cualquier discurso que podamos pronunciar.

Es consultor, conferenciante y fundador de ETHIC LEADERSHIP LAB, una iniciativa especializada en liderazgo ético, comprensión humana y toma de decisiones en entornos complejos. Es licenciado en Derecho, cuenta con un MBA Internacional, un Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales, y está especializado en mediación, cooperación internacional y resolución de conflictos.