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Coherencia: El arte de colocar tus propias piezas | Por Rosa Allegue

Existe una pregunta que rara vez nos hacemos cuando el futuro parece infinito y que, sin embargo, emerge con fuerza a medida que avanzan los años:

Quizá porque en los primeros años de la vida el tiempo parece elástico, capaz de estirarse indefinidamente ante nosotros, y apenas sentimos la necesidad de cuestionar el rumbo que llevamos.

Sin embargo, a medida que maduramos y comprendemos que el tiempo —y la salud— son los recursos más escasos que tenemos, descubrimos que nuestra vida no se parece a un propósito cuidadosamente diseñado, sino a una construcción de LEGO levantada pieza a pieza a lo largo de los años.

A diferencia de un edificio que primero existe en los planos del arquitecto y solo después se construye, nuestra vida no sigue ningún plan previo. La levantamos pieza a pieza, incorporando decisiones, experiencias, relaciones y aprendizajes que en su momento parecían encajar perfectamente, pero que el paso del tiempo nos obliga a revisar.

En la madurez, en contra de lo que podríamos pensar, no disponemos de más respuestas. Lo que acumulamos es experiencia, perspectiva y la serenidad necesaria para formular preguntas más profundas. Preguntas que en nuestra juventud apenas nos planteábamos y cuyas respuestas, aunque a veces nos incomoden, ya no estamos dispuestos a evitar.

Aparece cuando nos detenemos a observar la construcción completa y nos preguntamos si las piezas que la sostienen responden realmente a nuestros valores o simplemente a las expectativas de los demás. No siempre podemos reconstruirnos desde cero, pero siempre podemos decidir qué piezas conservar, cuáles recolocar y cuáles ya no forman parte de la persona que queremos ser. Parece sencillo, pero la coherencia, probablemente, sea uno de los desafíos más complejos de la vida adulta. Es una experiencia dolorosa y liberadora, a partes iguales.

¿Cuántas veces hemos dicho que sí cuando todo en nosotros quería decir que no? Porque la incoherencia no suele presentarse en forma de grandes contradicciones, que serían muy fáciles de gestionar. Se instala silenciosamente en los pequeños detalles. Aparece cuando aceptamos compromisos que no deseamos asumir. Cuando mantenemos relaciones con personas que ya no nos aportan nada. Cuando aguantamos en un trabajo tan solo por dinero sin vincularnos al proyecto. Cuando defendemos opiniones que no compartimos para evitar conflictos. En definitiva, cuando vivimos según expectativas ajenas y no según nuestros propios valores.

Por eso la coherencia está profundamente vinculada a la libertad, la capacidad de elegir conscientemente cómo queremos vivir.

Hay un momento en la vida en que descubrimos que ya no necesitamos demostrar nada. Ni logros, ni posición, ni siquiera quiénes somos. Es cuando se apaga la vitrina. Disminuye la necesidad de exhibir y crece el deseo de sentir, de comprender, de quedarnos solo con lo que realmente importa.

Y ocurre lo mismo con lo que antes escondíamos, en el cuerpo y en el alma. Las arrugas y las cicatrices que antes disimulábamos dejan de ser una carga. Cada una guarda una historia, una decisión, el paso del tiempo vivido. Y eso, lejos de avergonzarnos, empieza a ser motivo de orgullo.

Con la coherencia llegan decisiones, simples o complejas: dedicar tiempo a una afición olvidada, rechazar una propuesta profesional que no encaja con nuestros valores, priorizar la salud sobre el rendimiento, abandonar una relación vacía, reservar espacios de soledad y silencio para nuestro disfrute.

Quizá por eso la coherencia se convierte con los años en una fuente de bienestar. Aunque, paradójicamente, al principio suele resultar incómoda. Decir lo que pensamos, establecer límites o tomar decisiones alineadas con nuestros valores puede generar conflictos y tensiones, especialmente cuando durante mucho tiempo hemos priorizado las expectativas de los demás. Sin embargo, una vez atravesada esa incomodidad inicial, aparece una sensación de libertad difícil de encontrar por otros caminos.

La coherencia no evita los errores, ni nos protege de las dificultades. Pero ofrece algo mucho más valioso: la tranquilidad de saber que la vida que estamos construyendo se parece cada vez más a la persona que queremos ser. Que las piezas que hemos ido colocando a lo largo de los años —algunas conservadas, otras sustituidas y otras recolocadas— forman, por fin, una construcción que no responde a las expectativas de los demás, sino a nuestra propia manera de entender la vida.

Y tal vez esa sea una de las mayores conquistas de la madurez: llegar a un punto en el que ya no nos preocupa tanto encajar en el mundo como encajar con nosotros mismos.

Porque, al final, la verdadera coherencia consiste en mirar la construcción completa y reconocer, con orgullo, que las piezas que la sostienen son realmente nuestras.

Rosa Allegue

Reconocida directiva española, fundadora y CEO de ALLEGUE Academy & Consulting, y miembro de la Junta de Gobierno de ASSET y del Patronato de la Fundación Másfamilia. Apasionada por la transmisión de conocimiento y experiencias, compagina su actividad empresarial con la docencia como profesora asociada en prestigiosas universidades y escuelas de negocio, además de formar parte del Consejo Asesor de la Escuela de Relaciones Laborales de la UCM.

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