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Responsabilidad, muy importante, pero no suficiente  |  Por Luis Pulgar

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8 septiembre 2026
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Conviene precisar, antes de señalar sus límites, por qué la responsabilidad es indispensable. Es el mecanismo que convierte una estrategia en un conjunto de tareas con nombre propio: sin ella, ningún plan tiene quién lo ejecute, ningún objetivo tiene un punto de contacto y ninguna organización puede coordinar el trabajo de más de una persona con un mínimo de orden. Saber quién hace qué y para cuándo es la condición mínima de cualquier ejecución disciplinada. El problema no es que la responsabilidad sea excesiva. El problema es pedirle que haga un trabajo que no le corresponde: garantizar, por sí sola, el resultado.

Fue precisamente ante esta insuficiencia que, hace algún tiempo, comenzó a extenderse en muchas organizaciones el concepto de accountability. La intención era introducir algo que la responsabilidad, por sí sola, no podía garantizar: que las personas no solo tuvieran claramente definido qué debían hacer, sino que asumieran la obligación de responder por el resultado de aquello que se les había confiado. La idea había demostrado su valor en algunas de las organizaciones de mejor desempeño y parecía ofrecer una respuesta al problema de una ejecución que, aun con responsabilidades claramente asignadas, seguía siendo inconsistente.

Sin embargo, el concepto fue rápidamente confundido con algo bastante más conocido: reforzar el control. Construir accountability pasó a significar, en muchas organizaciones, más reportes, más revisiones, más seguimiento y más consecuencias formales cuando algo no se cumplía. Y el resultado apenas cambió. No porque el accountability fuera una mala respuesta, sino porque se había entendido mal el problema que pretendía resolver. Se había convertido un concepto sobre la relación entre compromiso, acción y propiedad sobre el resultado en un mecanismo adicional de supervisión. El problema, por tanto, no era operativo, sino conceptual. Vale la pena detenerse en el término, porque casi nunca se entiende con precisión qué significa realmente accountability y, sobre todo, qué añade —y qué no— a la responsabilidad.

Accountability es una de esas palabras inglesas que se usan tal cual cuando nos referimos al concepto en nuestro idioma, porque no tienen traducción exacta al castellano, igual que ocurre a la inversa con voces españolas como fiesta o guerrilla, que el inglés adoptó sin traducir por la misma razón. Al español se traslada accountability algunas veces como “asumir responsabilidad” y otras como “rendir cuentas”, y las dos traducciones son parciales: capturan una parte del concepto, no su totalidad. Rendir cuentas es explicar resultados ante otros; es un componente del accountability, no su equivalente. Algo similar ocurre con la responsabilidad, entendida como estar a cargo de algo, y con el compromiso, considerado este como la intención declarada de hacer bien el trabajo, de perseverar en él y de lograr los resultados esperados de una tarea. Accountability integra estos aspectos y añade al conjunto dos elementos que casi nunca aparecen explícitamente al traducir el término: la propiedad, que es hacerse dueño del resultado y no solo de la tarea, y la proactividad, que es anticiparse, informar, corregir y decidir sin esperar a que alguien pida explicaciones.

Muchas organizaciones asignan responsabilidades, pero no construyen accountability. El efecto acumulado es una ejecución débil, excusas legítimas y planes que se diluyen con el tiempo. Un amigo, consultor reconocido en temas de gestión, sostiene —quizá de manera demasiado radical— que dar excusas es una manifestación de incompetencia. La afirmación es dura, pero apunta a algo preciso: quien tiene accountability rara vez llega al punto de la excusa, porque antes tomó la decisión, hizo el ajuste o pidió ayuda a tiempo. La excusa aparece después del hecho, cuando ya no queda margen para actuar; la decisión aparece antes, cuando todavía lo hay. Ese desplazamiento —de la explicación posterior a la decisión oportuna— es, en el fondo, lo que separa a la responsabilidad del accountability.

De todos los componentes descritos, la responsabilidad es el que con más frecuencia se confunde con el conjunto completo. Conviene entonces separarla del accountability con precisión, porque no son grados distintos de una misma cosa, sino dos conceptos de naturaleza distinta.

La responsabilidad se asigna. Está asociada a una tarea o función, responde a qué debo hacer, y puede cumplirse sin producir impacto alguno. Se enfoca en el esfuerzo, es reactiva —explica lo ocurrido después de los hechos— y permite delegar sin que nadie se apropie del resultado. Se agota, además, en el momento en que la actividad queda completada. Es una condición necesaria: sin claridad sobre quién hace qué, no hay ejecución posible. Pero es, por su propia definición, insuficiente.

El accountability se asume. Está asociado al resultado, no a la tarea; responde a qué debe lograrse, no a qué debo hacer; exige impacto, no solo esfuerzo. Es proactivo —se anticipa, decide y corrige antes de que se le pida explicación a nadie— e implica propiedad sobre el resultado, no una tarea delegada. No se agota al completar una actividad: se sostiene hasta lograr el objetivo, incluso cuando eso exige tomar decisiones frente a restricciones que la responsabilidad, por sí sola, tolera como excusa legítima.

Traducido a su secuencia operativa, el accountability supone asumir la propiedad de un objetivo, tomar la acción que demuestra ese compromiso, obtener los resultados y rendir cuentas sobre ellos, y asumir la propiedad y lass consecuencias de lo logrado o no logrado. Es un ciclo que se repite, no una casilla que se marca una sola vez.

Se sabe que no hay accountability cuando las actividades se cumplen pero los resultados no aparecen, cuando las explicaciones sustituyen a las decisiones, cuando nadie se siente dueño del resultado o cuando el seguimiento se vive como control y no como responsabilidad compartida. Ninguna de estas señales indica ausencia de responsabilidad formal: los roles están asignados, las tareas están documentadas, los reportes se entregan a tiempo. Lo que falta es la propiedad sobre el resultado, y esa propiedad no se decreta ni se supervisa: se construye.

Esta distinción también separa a las organizaciones por su madurez. Las de baja madurez gestionan por consecuencias, corrigen después de que el desvío ya ocurrió y confunden la sanción con accountability. Las de alta madurez desarrollan propiedad, anticipan los desvíos antes de que se conviertan en problema, toman decisiones y usan la consecuencia como aprendizaje, no como castigo. La diferencia no está en cuánta responsabilidad se asigna —en ambos casos puede ser la misma— sino en si esa responsabilidad se convirtió, o no, en accountability.

El accountability individual, sin embargo, tampoco garantiza el alto desempeño de la organización. Un grupo de trabajo se convierte en un equipo de alto desempeño cuando la propiedad de los objetivos deja de ser un atributo de algunas personas y se vuelve un sentimiento colectivo.

Ese salto exige empoderamiento: delegar poder y control real para tomar decisiones que impacten en los resultados, con autonomía y propiedad. Pero el empoderamiento y el accountability no son sustitutos mutuos, son complementarios, y su ausencia tiene consecuencias distintas. Empoderar sin exigir accountability produce caos: autonomía sin dueños del resultado. Exigir accountability sin empoderar produce obediencia disciplinada: cumplimiento sin capacidad real de decidir. Solo cuando ambos coexisten —propósito claro, tareas significativas, responsabilidad individual y de equipo, desarrollo continuo del talento, una cultura de confianza y seguridad psicológica, y un liderazgo que modela estos comportamientos en lugar de solo exigirlos— se configura un equipo de alto desempeño.

Hay una tercera variable que no puede tratarse como un simple añadido posterior: la ética, entendida como el marco que distingue lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto, y que orienta el deber y el comportamiento frente a decisiones concretas. Antes fue, sobre todo, una cuestión de principios; hoy es también un tema estratégico, ligado a la supervivencia de la empresa y a la convivencia de quienes trabajan en ella.

Cruzar estas dos variables —ética y accountability— explica por qué ciertas combinaciones fallan de maneras distintas. Cuando hay ética pero no accountability, el resultado es buen discurso y poca ejecución: intención que nunca se materializa. Cuando hay accountability pero no ética, el resultado es cumplimiento por presión, coerción y castigo: un tejido organizacional frágil que se sostiene mientras dure la vigilancia. Cuando faltan ambas, lo que sigue es opacidad, impunidad y, en última instancia, colapso institucional. Solo cuando ética y accountability coexisten aparecen valores vividos y resultados que perduran.

Nada de esto resta valor a la responsabilidad. Sin ella no hay estructura, no hay claridad de roles, no hay punto de partida. Pero tratarla como si fuera suficiente es el error conceptual que explica buena parte de la ejecución inconsistente y los resultados insuficientes que se observan incluso en organizaciones bien gestionadas y bien supervisadas.

Cuando una organización se hace dueña, de verdad, del plan y del resultado, la cadena se completa: la responsabilidad ordena quién actúa, el compromiso declara la intención, la propiedad y la proactividad sostienen la acción, la consecuencia cierra el ciclo, y la ética legitima cada decisión tomada en el camino. Solo entonces el plan deja de ser intención y el resultado se convierte en realidad.

Luis Pulgar

Luis Pulgar es un referente internacional en Recursos Humanos, mentor y asesor estratégico con más de 35 años de experiencia en 9 países. Ha liderado procesos de transformación organizacional en empresas como NV Bekaert, TV Novedades TV y PDV-Tecnología de Información. Cofundador de Bonum Coaching, impulsa la democratización del coaching ejecutivo. Es autor del libro Verdadero Business Partner y ha sido docente en reconocidas universidades. Su visión estratégica lo posiciona como un líder en el desarrollo de talento de clase mundial.

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