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La verdad en tiempos de IA: el coste creativo de confiar en exceso | Francisco Torreblanca

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30 octubre 2026
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Te invito a visualizar esta situación cotidiana. Pedimos ayuda a una herramienta de inteligencia artificial y, en segundos, tenemos una información bien detallada que propone una solución razonable. Lo analizamos, nos los “creemos”, lo adaptamos a nuestro estilo y seguimos trabajando. Probablemente, hayamos omitido el paso más crítico, que no es otro que intentar comprobar el supuesto sobre el que se apoya toda la propuesta.

La inteligencia artificial generativa nos permite explorar ideas, conectar conceptos y acelerar tareas, entre otras muchas vías, siendo muy útil y fácil acostumbrarse a trabajar con ella. El problema aparece cuando la complacencia nos hace aceptar lo que dice por lo bien que lo explica o por nuestro desconocimiento sobre la respuesta.

Al pensar en la verdad como valor, que es el core de este artículo, me interesa detenerme en ese hábito en el que aceptamos respuestas que parecen impecables pero que pueden incorporar un error que pase inadvertido. Si lo incorporamos al comienzo de cualquier tipo de proceso, puede condicionar todo el trabajo posterior.

El NIST, organismo estadounidense de referencia en estándares tecnológicos, identifica entre los riesgos de la IA generativa la producción de contenido falso presentado con seguridad. Este hecho hace que la veracidad se vea en entredicho.

Más grave todavía es que, adicionalmente, desarrollamos un menor uso del pensamiento crítico, lo que a su vez va deteriorando progresiva y sigilosamente nuestras capacidades cognitivas.

Para contextualizar la situación, me llevaré esta situación a mi territorio profesional natural, el de la creatividad aplicada. Cuando se trata de crear algo nuevo y utilizamos en el proceso herramientas de IA, si aceptamos demasiado pronto un diagnóstico empezamos a desarrollar soluciones dentro de ese marco. A medida que la propuesta avanza, resulta más fácil olvidar que su punto de partida seguía pendiente de comprobación.

Por ejemplo, imaginemos que un equipo pide a una IA ideas para mejorar un servicio. La herramienta sugiere que los clientes buscan una experiencia más rápida y, a partir de ahí, surgen propuestas de automatización, simplificación y autoservicio. Sin embargo, podría ocurrir que esos clientes necesitaran sentirse acompañados durante una gestión difícil. Por tanto, el equipo habría dedicado tiempo a resolver un problema que todavía no había confirmado. La originalidad de las propuestas no compensaría en absoluto ese gap.

En ese equipo, defender la verdad supondría detener el trabajo y admitir que nadie había comprobado lo que en realidad necesitaban los clientes. Esa decisión es compleja, especialmente si la propuesta ya está avanzada o alguien ha prometido resultados. Sin embargo, continuar para evitar reconocer el error solo aumentaría su coste.

La verdad tiene la exigencia de saber aceptar los hechos incluso cuando perjudican nuestra idea favorita. En un proceso creativo, esto implica escuchar lo que encontramos al investigar y permitir que cambie el rumbo del proyecto. Si utilizamos la IA únicamente para reforzar lo que queremos creer, podemos acabar dando apariencia de rigor a una inconsistencia y provocar un coste creativo enorme.

Por tanto, la verdad debe intervenir antes de que ese trabajo se convierta en una decisión para ayudarnos a comprobar qué parte de lo que estamos desarrollando tiene fundamento.

Además, nuestro compromiso con la verdad afecta a cómo compartimos la propuesta. Si presentamos como demostrada una necesidad que solo hemos supuesto, trasladamos a otros una certeza que no tenemos. La honestidad exige reconocer esa limitación, incluso cuando hacerlo resta atractivo a nuestro trabajo.

La transformación creativa requiere imaginación, pero también disposición para corregir. La verdad puede dejar al descubierto que hemos trabajado sobre una premisa equivocada. Entonces, nuestra capacidad creativa debe ayudarnos a encontrar otra vía, aceptando lo que hemos descubierto.

En resumen, confiar en exceso en la IA puede llevarnos a invertir nuestro talento en desarrollar un error. Por ello, defender la verdad exige asumir el esfuerzo de comprobar, aunque la herramienta nos haya ahorrado el de producir. Sin duda, es un compromiso honesto que también forma parte de crear algo que merezca llevarse a la práctica.

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