
Los valores se mantienen como referencia esencial en la formación del militar, constituyen el marco para la práctica castrense al orientar la conducta e identificar a la institución. No son exclusivos del ámbito militar, claro está; pero de forma general su ausencia tiene unos efectos casi inmediatos, visibles y tangibles. Cuando los valores se debilitan en una unidad, la confianza se disipa, la cohesión desaparece o la disciplina se debilita haciendo que el cumplimiento de la misión táctica se complique.
La verdad es un valor persistente en la vida militar porque ordena la conciencia y sostiene la confianza haciendo que las decisiones se adopten con criterio. No se trata de evitar la mentira, exige algo más profundo.
Exige mirar la realidad de frente e informar con honradez lo que nos lleva a la siempre difícil situación de reconocer errores y no acomodar los hechos a la conveniencia del momento. En el ejercicio del mando, la verdad es una obligación moral y operativa, pero decir la verdad, buscarla y aceptarla requiere carácter, porque muchas veces resulta incómoda, penaliza o, sencillamente, es fácil dejarse llevar por decir lo que otros quieren escuchar en lugar de decir lo que se piensa. Precisamente por eso tiene valor, porque vincula integridad, transparencia y pensamiento crítico al servicio de la misión.
Sin verdad no hay honor, porque el honor exige una conciencia recta; no hay lealtad, porque la lealtad se degrada cuando se oculta la realidad al jefe, al subordinado o al compañero; no hay disciplina, porque obedecer no significa falsear la situación; y no hay ejemplaridad, porque el ejemplo se destruye cuando el discurso no coincide con los hechos. Los valores del Ejército de Tierra recuerdan que la conducta militar debe guiarse por principios que ayudan a decidir en momentos de incertidumbre y que se manifiestan, sobre todo, en el comportamiento. Los valores no son declaraciones solemnes, son criterios de actuación.
La dimensión operativa de la verdad se centra en informar con rigor ya que en situaciones de tensión, o incluso de combate, advertir un riesgo o comunicar una incidencia requiere esfuerzo mental y ejercicio de humildad porque puede conllevar admitir un error. Una unidad que maquilla sus datos, oculta sus fallos o transmite al escalón superior solo aquello que este desea escuchar acaba generando una imagen falsa de la realidad lo que lleva a decisiones equivocadas. Por eso, la verdad no es solo una virtud personal; es una necesidad de mando, planeamiento y combate.
Hace tres siglos, Álvaro Navia-Osorio y Vigil, III marqués de Santa Cruz de Marcenado, militar, diplomático y escritor asturiano, fue referente en la formación a través de su tratado de «Reflexiones militares». Marcenado vincula la verdad con el buen mando porque es la que sostiene el crédito del jefe. El mando que se aparta de la verdad decide sobre apariencias; el que la acepta, aunque sea incómoda, conserva el fundamento moral y operativo de la obediencia.
El interés por la verdad como valor ha revitalizado precisamente a su antagonista, la mentira, ayudado por los avances de la neurociencia. Es que nos creemos que los demás lanzan más señales al mentir y cometen más fallos que cuando somos nosotros los protagonistas activos del engaño. Vamos, que tendemos a sobreestimar nuestra capacidad para detectar el engaño ajeno y subestimar nuestros propios sesgos.
Vivimos, además, una crisis de sinceridad. No necesariamente porque el ser humano mienta más que antes, sino porque la presión por aparecer competente o moralmente impecable favorece la falta de transparencia. Muchas personas ocultan conductas y pensamientos incluso en encuestas anónimas por la actuación del conocido sesgo de deseabilidad social. Es que la persona promedio miente una o dos veces al día, lo que facilita que la mentira se convierta en un recurso habitual. Con ella se puede buscar beneficio, evitar castigo, proteger la propia imagen o adaptarse socialmente; pero, en todos los casos, introduce una distorsión entre lo que sucede y lo que se comunica. Es que «todo el mundo miente», aunque no siempre con la misma intención o gravedad.
Dentro de tres siglos quizá sepamos detectar mejor la mentira gracias a la integración de neurociencia, inteligencia artificial, análisis del lenguaje, biometría y comportamiento digital. Quizá se pueda identificar con mayor precisión cuándo una persona oculta información o cuándo una organización construye relatos falsos para protegerse. Pero el reto seguirá siendo el mismo, no confundir capacidad técnica para detectar señales con sabiduría moral para valorar la verdad, el objetivo seguirá siendo crear organizaciones donde decir la verdad no sea castigado.
En conclusión, la verdad es un valor matriz del liderazgo diferenciador aunque tenemos que aceptar que la mentira forma parte de la conducta humana. Necesitamos organizaciones más capaces de proteger la sinceridad, crear entornos donde decir la verdad no sea penalizado. Es la forma de mantener el honor, la lealtad, la ejemplaridad, valores clásicos del entorno militar que hacen posible la confianza. En un tiempo de relatos interesados, datos manipulados y apariencia permanente, decir la verdad exige carácter, dependerá de si preferimos la mentira vestida de conveniencia o la verdad desnuda que obliga a cambiar. Porque para un líder en el siglo XXI, no sirve la comodidad del relato, sino el propósito o la misión, y esta solo puede cumplirse con eficacia cuando la realidad se mira de frente.