
Todos decimos querer que nos digan la verdad. Queremos que nuestros hijos no nos mientan, que nuestra pareja sea sincera, que nuestros amigos nos digan las cosas como son y que, en el trabajo, nadie nos oculte información importante. Es difícil estar en contra de todo eso. Por eso me interesa más hacerme otra pregunta: ¿para qué queremos la verdad?
Muchas veces queremos saber para poder ayudar, proteger o tomar una decisión mejor. Pero otras queremos saber porque nos tranquiliza tener la información, porque nos cuesta aceptar que hay una parte de la vida del otro que no nos pertenece o porque saber nos hace sentir que controlamos más la situación. Y ahí empieza a complicarse algo que, dicho en abstracto, parecía sencillo.
Para mí la frontera aparece cuando aquello que callamos resulta relevante para que otra persona pueda decidir libremente y lo ocultamos precisamente para condicionar su decisión. Ahí dejamos de estar protegiendo nuestra intimidad y empezamos a administrar la información en nuestro beneficio. Pero hay una dificultad añadida: muchas veces no ocultamos para manipular, sino simplemente para evitar una conversación incómoda, una mala reacción o un problema. La intención es distinta, pero para quien tiene que decidir el efecto puede terminar siendo el mismo: está actuando sobre una realidad incompleta.
Hay otra parte de esta conversación que me interesa todavía más. Reclamar sinceridad resulta fácil mientras lo que escuchamos coincide con lo que esperábamos. Lo difícil empieza cuando la información cuestiona nuestra autoridad, nuestra tranquilidad, nuestras decisiones o la imagen que tenemos de nosotros mismos. Un hijo aprende enseguida qué cosas puede contar en casa y cuáles provocan una reacción tan desproporcionada que quizá la próxima vez prefiera callarlas.
He trabajado durante muchos años con personas, equipos y organizaciones, y en todos lados veo lo mismo: este proceso raramente empieza con una gran mentira. Suele empezar de una forma más pequeña. Se suaviza un dato, se retrasa una conversación incómoda, se explica una desviación de manera algo más amable o se espera a tener “más información” antes de trasladar un problema. Cada una de esas decisiones puede parecer razonable por separado. El problema aparece cuando, poco a poco, alrededor de quien tiene que decidir se va construyendo una realidad más soportable que la real. Y entonces quien más necesita conocerla empieza a recibirla filtrada.
Por eso la verdad no depende solo de quien habla. También depende de quien escucha y del espacio que crea para que determinadas cosas puedan ser dichas. Es fácil exigir sinceridad a los demás y más incómodo preguntarnos qué hacemos nosotros cuando alguien reconoce un error, discrepa de una decisión o nos cuenta algo que preferiríamos no saber: si somos capaces de distinguir entre asumir una responsabilidad y humillar a quien se equivocó, o de escuchar una opinión contraria sin tomarla como una deslealtad.
Esto tiene que ver directamente con la cultura. Una organización no se vuelve honesta porque la “transparencia” figure entre sus valores. La cultura se ve mejor en lo que ocurre cuando alguien trae una mala noticia o señala algo que nadie tenía demasiadas ganas de escuchar. Ahí descubrimos si de verdad queremos conocer la realidad o simplemente queremos que nos la cuenten de una forma que no nos incomode demasiado.
Y aquí la marca entra también de lleno, porque siempre he entendido la marca como una forma de traducir cultura. La comunicación puede construir durante un tiempo un relato atractivo, pero si dentro de la organización la experiencia de clientes y equipos se aleja demasiado de lo que contamos, la marca terminará expresando una realidad que la propia organización ya no está viviendo. Esa distancia, antes o después, se nota.
La relación más difícil con la verdad, sin embargo, es la que mantenemos con nosotros mismos. Tenemos una enorme capacidad para ordenar los hechos de manera que podamos convivir bien con nuestras decisiones, y no hace falta que exista mala fe. Interpretamos lo sucedido desde nuestra propia historia, nuestros intereses, nuestros miedos y también desde la necesidad muy humana de sentir que lo que hicimos tenía sentido.
Por eso cada vez me parece más importante recordar que ser sincero no significa necesariamente tener razón. Puedo contar exactamente lo que creo y estar equivocado. Puedo tener claras mis intenciones y no comprender el impacto que he provocado en otra persona. Incluso puedo recordar una situación con absoluta honestidad y que alguien que estuvo allí la recuerde de otra manera.
Quizá por eso me generan cierta prevención quienes hablan de “la verdad” como si fuera algo que poseen entero y los demás simplemente se resistieran a reconocer. Y también esa frase tan habitual de “yo siempre digo la verdad”, utilizada muchas veces como una especie de permiso para decir cualquier cosa de cualquier manera. La sinceridad no nos libera de la responsabilidad sobre cómo hablamos ni convierte nuestra interpretación en un hecho.
Eso no elimina las consecuencias, no justifica cualquier comportamiento y no obliga a aceptar cualquier versión. Significa que la verdad tenga un lugar al que llegar.
La verdad no siempre tranquiliza ni confirma lo que pensábamos. A veces obliga a cambiar una decisión, a reconocer que nos equivocamos, a pedir perdón o a aceptar que las cosas no son como queríamos verlas.
Para eso sirve: para vivir un poco menos engañados.

Javier Lapeña es consultor estratégico, mentor y formador especializado en cultura de marca, liderazgo emocional y propósito empresarial. Con más de 25 años de experiencia en el sector retail y de la moda, ha liderado proyectos de gran impacto, combinando visión estratégica con sensibilidad humana.