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Apagar la vitrina: Lecciones de Libertad | Rosa Allegue

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6 marzo 2026
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Cuando mi hija leyó que Carolina Marín, campeona olímpica y emblema de la resiliencia y el alto rendimiento, había decidido aislarse de las redes sociales tras haber colapsado, no sintió sorpresa. Sintió reconocimiento. Pensó en la presión constante, en la exposición ininterrumpida, en la exigencia de mostrarse fuerte incluso cuando el cuerpo pedía tregua. Recordó también un informe que señalaba cómo la inteligencia artificial reproducía sesgos de género: “frágiles” ellas, “resilientes” ellos, según quién formulara la pregunta. Comprendió entonces que la exposición pública no era neutra. Que el escaparate no imponía las mismas reglas a todos. Y supo que su decisión, tomada años atrás, no había sido exagerada ni radical. Había sido necesaria.

Durante años despertó con el teléfono en la mano. Antes de que la luz rozara las paredes ya había recorrido titulares, opiniones, imágenes ajenas y una cadena interminable de correos electrónicos. El mundo irrumpía en su habitación antes que el día. Lo vivía como conexión, como pertenencia, como libertad. Podía opinar, compartir su trabajo, sostener conversaciones constantes. Creía que estar disponible era una forma de autonomía y también de profesionalidad.

Pero algo empezó a desordenarse por dentro.

No fue un colapso visible. Fue una erosión lenta, casi imperceptible. Se descubrió pensando en cómo formular una frase mientras aún estaba viviendo la escena; mirando un paisaje y calculando su posible impacto; midiendo el valor de un instante por la reacción que podría provocar. Me confesó que hubo momentos en los que no sabía si estaba viviendo o editando su propia vida.

Su decisión de cortar con las redes no fue abrupta. Creció como crecen las convicciones verdaderas: en silencio. Empezó a notar la inquietud leve cuando una publicación no obtenía la respuesta esperada. El impulso automático de comprobar notificaciones, como quien palpa una herida para asegurarse de que sigue abierta. No era una dependencia dramática, pero su atención estaba fragmentada en demasiadas direcciones. Y yo, preocupada por su salud, le decía: «Tu libertad empieza cuando apagues la vitrina».

Hasta que un día lo hizo.

No hubo discursos. Cerró perfiles. Eliminó aplicaciones. Avisó solo a quienes necesitaban saberlo. Desde fuera, algunos lo interpretaron como desinterés; otros, como exceso de sensibilidad. Ella no dio explicaciones. No era desprecio por la tecnología ni rechazo del mundo. Era una forma de proteger su mente, de recuperar el territorio íntimo que había cedido sin darse cuenta.

El primer día sin notificaciones fue extraño. El dedo buscó el icono por costumbre. La pantalla permaneció quieta. No había mensajes pendientes. Había silencio. Y el silencio, al principio, pesaba. Incluso aislaba. Porque revelaba cuánto ruido había confundido con compañía.

Durante un tiempo sintió la punzada de la invisibilidad. Su nombre dejó de circular con la misma frecuencia. Algunas conversaciones siguieron su curso sin ella. Yo le pedía paciencia y confianza.

Y aunque su generación tolera mal la espera, tras el apagón de la vitrina lo que llegó no fue aislamiento, sino hondura. Las lecturas se hicieron más largas. Las conversaciones, más completas. Empezó a caminar sin la urgencia de capturar el instante. A escribir sin calcular el impacto. A pensar sin anticipar la respuesta. Descubrió que su mente tenía más espacio del que ella misma se había permitido habitar.

Me confesó que salir de las redes la había hecho más libre. Recuperó algo sencillo y radical: la posibilidad de vivir sin convertir cada experiencia en escaparate. Comprendió que la atención plena era una forma de salud. Y que defenderla también era una forma de libertad.

Cuando volvió a leer la noticia de Carolina, no vio debilidad ni mucho menos fragilidad. Vio coherencia. Reconoció el mismo gesto que ella había realizado en silencio años atrás: apartarse para sostenerse.

La libertad es poder elegir dónde no estar. En aquel momento fue cerrar la puerta digital sin sentir que desaparecía; confiar en que su existencia no dependía de su reflejo.

Rosa Allegue es una destacada directiva española, actualmente directora financiera de Skechers USA Iberia, la filial española de la reconocida marca de calzado. Además, es escritora, ponente y mentora, con un firme compromiso con la diversidad de género y el liderazgo femenino en el ámbito empresarial. Ha sido reconocida entre las Top 100 Mujeres Líderes de España y ha recibido múltiples galardones, como el premio a la Mejor Directiva de RRHH otorgado por Womenalia, el Premio Nacional Alares a la conciliación de la vida laboral y personal, y el reconocimiento como uno de las 100 mejores profesionales de finanzas por la revista Actualidad Económica.

4 minutos de lectura
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