
Es un valor al que se suele considerar una gran virtud. «Esta persona es muy coherente». «La coherencia que mostró ante esa situación es muy inspiradora».
La coherencia se manifiesta y coge protagonismo cuando mantenerla te supone un coste. Hace acto de presencia de manera notoria en momentos de tensión, de presión, cuando existe riesgo económico, ante un posible conflicto, cuando lo más probable es que pierdas una oportunidad y/o te gustaría responder de otra manera.
Si seguimos tirando del hilo, aparece una cuestión clave: ¿Qué papel juega la coherencia cuando nos encontramos ante una situación compleja? ¿Nos ayuda a avanzar? ¿Nos bloquea o nos juega en contra? Y, por tanto, ¿qué riesgos conlleva? Esta última pregunta pocas veces nos la planteamos.
Anna Puigdevall lo explica muy bien en su artículo La coherencia siempre lleva apellido, y cito textualmente:
«Hay valores que parecen no necesitar defensa, y la coherencia es uno de ellos. Decimos de alguien que “es muy coherente” como quien constata una virtud sin aristas, una pieza maciza».
Pero la coherencia sí tiene aristas (o riesgos) y algunas muy potentes.
Propongo que nos planteemos la coherencia como un valor para decidir bien, para que nos sirva para avanzar y saber: cuándo mantenernos firmes, cuándo cambiar de opinión, cuándo perseverar, cuándo abandonar, cuándo defender nuestros principios a capa y espada y cuándo cuestionar nuestras propias convicciones.
Si le damos este rol, también tenemos que tener muy presentes sus aristas. Os detallo, cuáles son, desde mi punto de vista, las tres más importantes:
«Como estoy actuando de acuerdo con mis principios, asumo que también tengo razón».
Siguiendo la definición dada al inicio del artículo, puedes ser muy congruente con tus valores, las decisiones que tomas y las acciones que ejecutas y estar completamente equivocado. Ser coherente no te hace inmune al error.
Y esta arista, esconde otra derivada, la arrogancia. Como soy coherente, ya está, ‘no hay nada más a añadir señoría’. Pues sí, sí que lo hay. La coherencia es una actitud, no una posición jerárquica que te dé derecho a mirar a nadie por encima del hombro ni a dejar de seguir escuchando y aprendiendo.
Muchas veces ser coherente implica evaluar la opción de perder clientes, ingresos, relaciones, proyectos, posición de poder, etc.
Esta lista, que puede parecer muy habitual, conlleva cambiar las reglas de juego y marcar, no solo la dirección de la organización, sino también su destino. Por lo que no son decisiones fáciles de tomar y nos podemos encontrar que estemos bloqueados para pasar a la acción.
Las situaciones complejas generan tensión y fricción entre intereses, entre personas, entre departamentos. Y aquí entra la paradoja: si interpretamos toda fricción y/o tensión como una señal de incompatibilidad, en nombre de la coherencia dejaremos de construir y explorar soluciones que nos pueden ayudar no solo a avanzar mucho, sino a construir grandes cosas.
Puede que la pregunta, en esta arista, no sea: ¿cuándo debo irme?, sino ¿cuándo debo quedarme un poco más?
Estas tres aristas nos plantean preguntas y reflexiones que no son fáciles de responder, pero al mismo tiempo nos dan una visión mucho más amplia de la coherencia. Parar y planteárnoslas nos puede ayudar mucho a saber qué papel darle a nuestra coherencia ante las situaciones complejas.

Núria tiene una base de formación científica (Ciencias Químicas) que le ha dado la capacidad de estructurar la información y saber discernir. Apuesta por una formación constante y de excelencia en escuelas de negocio como Esade así como con programas innovadores como Pasion to Value dirigido por Albert Bosch.