
Mario cumplió hace un año el sueño de convertirse en ciclista profesional con tan solo 20 años. Estaba convencido de que lo más difícil de su prometedora carrera era llegar a la élite. Sin embargo, tras una temporada en la máxima categoría, descubrió que lo verdaderamente complicado no era llegar, sino mantenerse entre los mejores del ciclismo internacional.
Comienza la pretemporada de su segundo año como profesional. Es el momento de poner a punto toda la maquinaria, no solo las piernas. Las jornadas se reparten entre largas horas sobre la bicicleta y exigentes sesiones de fuerza en el gimnasio. Su primera temporada no había dado los resultados esperados. Le quedaba un solo año de contrato y debía ganarse la renovación. La presión que él mismo se imponía y la incertidumbre sobre su futuro lo acompañaban en cada entrenamiento y en cada pensamiento.
—¡Espabila! —le repetía una persona de su máxima confianza.
Pero ¿qué significaba realmente "espabilar"?
Suena el teléfono. Es Raúl, su mentor.
—¿Mañana a las cinco de la tarde nos vemos en el bar de debajo de tu casa? Necesito hablar contigo.
Mario llega puntual a la cita. Raúl ha sido su apoyo desde muy joven, la persona que siempre lo había acompañado y aconsejado en cada paso de su carrera. Conversan sobre la familia, los amigos y, cómo no, sobre ciclismo.
Tras unos segundos de silencio, Raúl carraspea y rompe la conversación.
—Bueno, vamos al grano...
Le explica que debería ponerse en manos de una persona que le ayudase a mejorar su rendimiento. Alguien que ya trabajaba con muchos ciclistas profesionales y que podría ayudarle a adaptarse a las exigencias de la categoría.
Mario es consciente de que su primer año no ha sido bueno y sabe que no puede permitirse fallar de nuevo. Su renovación está en juego. Además, reconoce que le sorprende el nivel de algunos corredores. Le cuesta creer que puedan rendir de esa manera.
—Y ya ni hablar del equipo RIZE TEAM. Van a otra velocidad. Estoy a años luz de ellos.
Raúl insiste en que precisamente por eso debería visitar a esta persona, alguien que podría ayudarle a alcanzar ese nivel. Mario acepta la idea, aunque algo dentro de él comienza a incomodarle. Siempre había pensado que los comentarios de posibles atajos eran simples excusas de quienes no aceptaban la derrota. Ahora, sin embargo, la necesidad de conservar su contrato hacía que aquellas ideas empezaran a parecerle menos descabelladas.
Raúl le entrega el contacto.
—Se llama Gustavo. Seguro que puede ayudarte.
Mario tarda apenas unos segundos en guardar el número en su teléfono. Sin embargo, esa noche apenas consigue dormir. Se pregunta si realmente ese es el camino que quiere seguir. Recuerda todo lo que le enseñaron sus padres, los sacrificios realizados desde niño y las veces que afirmó que jamás recurriría a atajos para ganar. Pero enseguida aparece otra voz, más fuerte si cabe, que le recuerda que el ciclismo profesional no espera a nadie. «Si no lo hago yo, otros lo harán. Solo necesito mantenerme un año más. Después todo volverá a la normalidad», se repite para tranquilizar su conciencia.
Al día siguiente llama a Gustavo.
Se citan en una consulta situada en el centro de la ciudad. Le realiza una entrevista, le pregunta por sus entrenamientos y le hace un reconocimiento completo: peso, altura, y diferentes mediciones físicas.
Al terminar, le explica que debería tomar una serie de medicamentos para evitar que sus valores analíticos y fisiológicos disminuyan durante la temporada. Le propone un programa que combinaba entrenamiento de alto nivel con una serie de medicamentos cuidadosamente planificados.
Mario escucha en silencio. Sabe que aquello conllevaba una decisión que cruza una línea que siempre prometió no traspasar. Durante unos instantes está a punto de levantarse y marcharse. Bastaría con decir «no». Sin embargo, el miedo a perder su carrera pesa más que sus convicciones.
No hace más preguntas.
Cuatro meses después, la Unión ciclista internacional anuncia que un ciclista ha dado positivo en un control antidopaje.
Era Mario. Su carrera se había truncado.
No conseguía comprender lo ocurrido.
—¡Es imposible!
Pero, en el fondo, sabía que el verdadero fracaso no había comenzado con el control antidopaje. Había empezado el día en que decidió traicionar sus propios valores.
En el deporte como en las organizaciones, en ocasiones nos desenvolvemos en entornos hostiles donde parece que actuar con honestidad es una desventaja y que quienes renuncian a sus principios obtienen mejores resultados. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: La integridad nos hace más fuertes.
La presión, el miedo o el deseo de alcanzar una meta pueden empujarnos a justificar decisiones que nunca habríamos imaginado tomar. Rara vez se pierde la integridad de un solo golpe; normalmente se hace poco a poco, convencidos de que será solo una excepción.
Ser íntegros significa mantenernos fieles a nosotros mismos, a nuestros principios, a nuestras creencias y a nuestros valores, incluso cuando las circunstancias nos invitan a hacer lo contrario.
Dejarnos arrastrar por la “contracorriente” puede hacernos perder nuestra esencia. La integridad es el mejor camino para construir una vida de la que podamos sentirnos orgullosos. Nadie dijo que ese camino fuera fácil, pero sí es el único que merece ser recorrido sin renunciar a aquello que realmente nos define.
Mencionar la importancia de estar asesorados y acompañados por personas que defiendan la integridad como parte imprescindible del camino hacia el éxito.
La integridad en la vida profesional consiste en trabajar para conseguir los mejores resultados pero sin renunciar nunca a los valores que hacen que la todo tenga verdadero significado.

Igor González de Galdeano (Vitoria-Gasteiz, España, 1973) es conferenciante y consultor. Exciclista profesional y maillot amarillo, es licenciado en ciencias de la educación y del deporte. CEO de Kirolife, firma especializada en trasladar desde el deporte enseñanzas y aprendizajes útiles para organizaciones privadas y públicas.
Tras una profunda formación personalizada en management, diseñada específicamente para él por JavierFernández Aguado, aborda temas como el liderazgo, el desarrollo de hábitos, la resiliencia o la gestión de equipos de alto rendimiento.