Protagonistas
0
0,00€ 0 artículos

No hay productos en el carrito.

AccesoCrear cuenta

¿Hasta dónde llega realmente la empatía? |  Eva Viedma

|
1 octubre 2026
|

Nos han enseñado que la empatía consiste en ponerse en los zapatos del otro. Escucharle, intentar comprender cómo se siente y mirar la realidad desde su perspectiva. Y probablemente todos nos consideramos bastante empáticos, especialmente con quien que atraviesa una situación que nos resulta conocida.

Un compañero está desbordado y recordamos aquella época en la que nosotros no llegábamos a todo. Un amigo tiene miedo de tomar una decisión y reconocemos nuestras propias dudas. Alguien pierde algo importante y conectamos inmediatamente con una pérdida que también vivimos.

Quizá por eso hemos simplificado demasiado la empatía al convertirla en una cualidad amable: escuchar, comprender, ayudar. Pero la empatía que realmente nos pone a prueba empieza un poco más allá.

Sabemos que nuestra empatía no es completamente imparcial. El sesgo endogrupal favorece nuestra identificación con quienes percibimos como parte de nuestro grupo: los nuestros, sea cual sea la frontera que hayamos trazado. Por otra parte, el sesgo de similitud, nos acerca más fácilmente a quienes reconocemos como parecidos a nosotros, porque comparten experiencias, características o formas de ver el mundo.

Esto plantea una pregunta que puede ser incómoda, pero necesaria: cuando comprendemos fácilmente a alguien porque se parece a nosotros, ¿estamos siendo empáticos o simplemente nos estamos reconociendo en los demás? La empatía se vuelve bastante más exigente cuando desaparece ese espejo.

Cuando tenemos delante a alguien que piensa de una manera que no compartimos. Que toma una decisión que nosotros jamás tomaríamos. Que reacciona de una forma que nos irrita. Que tiene valores diferentes a los nuestros. O, todavía más difícil, cuando su comportamiento nos decepciona, nos perjudica o entra en conflicto con aquello que consideramos correcto.

Cuando no podemos recurrir a lo conocido es cuando podemos hacer un verdadero ejercicio de empatía. Y eso es algo mucho más difícil: salir, aunque sea temporalmente, de nuestro propio marco de referencia e intentar comprender desde qué lugar la realidad del otro puede tener sentido para él.

Suspender el juicio sobre una persona no implica renunciar al criterio. No significa aceptar cualquier comportamiento, justificarlo ni permanecer indiferentes ante sus consecuencias.

Hay experiencias que podemos intentar imaginar, pero que difícilmente podremos comprender si no las hemos vivido. Pensemos en alguien que se ha crecido en un entorno donde mostrar vulnerabilidad o confiar en los demás podía ser peligroso. Quizá hoy nos resulte difícil entender su desconfianza, su necesidad de control o su resistencia a pedir ayuda.

Porque comprender intelectualmente no es lo mismo que comprender experiencialmente, ni saber qué significa realmente vivir esa experiencia y los efectos que puede haber producido en una persona. Creo que precisamente ahí aparece una de las expresiones más valiosas de la empatía: ser capaces de adoptar una mirada benevolente y sin juicio ante aquello que no alcanzamos a comprender.

Que yo no consiga comprenderte no significa necesariamente que tú seas incomprensible o estés equivocado. Quizá significa, simplemente, que he llegado al límite de mi capacidad para comprender tu mundo.

Puedo comprender tu enfado y decirte que no acepto que me grites. Puedo entender que estés atravesando un momento personal difícil y seguir esperando que cumplas determinados compromisos. Puedo intentar comprender una decisión y seguir profundamente en desacuerdo con ella.

Empatizar no es estar de acuerdo. Tampoco es aceptarlo todo, ni hacerse cargo de lo que corresponde al otro. A veces nuestra necesidad de ayudar habla también de nuestra dificultad para verle equivocarse, frustrarse o asumir las consecuencias de sus decisiones. Respetar al otro significa también respetar su capacidad para hacerse cargo de lo que le corresponde.

Y quizá sea precisamente entonces cuando más necesitamos practicarla. No necesariamente para comprender, estar de acuerdo o ayudar, sino para relacionarnos con el otro sin convertir nuestra experiencia, nuestros valores y nuestra manera de entender la vida en la medida con la que juzgamos la suya.

Porque quizá la empatía, en su expresión más elevada, consista también en reconocer que hay lugares a los que no podemos llegar y, aun así, ser capaces de mirar a quien está allí con respeto y benevolencia, reconociendo su dignidad.

EVA VIEDMA - PROTAGONISTAS

Eva es Coach Profesional Certificada PCC por ICF, Coach de Equipos, Coach Sistémico y Organizacional. Terapeuta en Psicoterapia Gestalt miembro de la AETG, con un postgrado en Psicopatología Gestalt, Practitioner en Programación Neurolingüística. Certificada en Eneagrama en el programa SAT de la Fundación Claudio Naranjo y en Meditación Transcendental.

4 minutos de lectura
magnifiercrossmenucross-circle
linkedin facebook pinterest youtube rss twitter instagram facebook-blank rss-blank linkedin-blank pinterest youtube twitter instagram