La coherencia debería ser una cualidad asociada a lo que decimos, decidimos o hacemos. Atribuir esta virtud —por su carácter ético y su valor— a esas acciones les da pleno sentido.
En el ámbito empresarial, hablar de coherencia es hablar de integridad operativa. Cuando existe coherencia, la empresa transmite credibilidad, confianza y solidez, tanto interna como externamente.
Una organización empresarial demuestra coherencia cuando:
- El propósito y la visión se reflejan en los objetivos estratégicos del negocio.
- Sus valores declarados son realmente visibles en la cultura y en todos los niveles de la actividad de la empresa.
- La estrategia operativa se sustenta en un diseño organizativo adecuado.
- Las distintas áreas (departamentos) actúan de manera coordinada dentro de un marco común, y no de forma aislada.
- El modelo de gestión adoptado es consistente con los recursos y capacidades disponibles.
La coherencia es una virtud esencial y estructural que sostiene la credibilidad de la empresa, articula su cultura y dota de sentido a todo lo que hace.
A continuación, voy a centrar esta reflexión en la coherencia aplicada al modelo de gestión, dada la enorme trascendencia que tiene para los resultados futuros del negocio.
Desde mi experiencia, el modelo de gestión más eficaz es el integral. Esta afirmación resulta válida para cualquier empresa, con independencia de su tamaño, grado de madurez o sector de actividad. Su éxito depende de acertar en la definición de cada uno de sus elementos y de la coherencia de las interacciones que se establecen entre ellos.
Ahora bien, aplicar este modelo sin tener en cuenta la dimensión, la madurez o el tipo de empresa puede generar efectos no deseados. Este es un punto crítico que la dirección ejecutiva —a menudo coincidente con la propiedad— debe saber resolver correctamente desde el inicio.
En cualquier caso, al abordar un modelo de gestión integral, la alta dirección debe definir cómo quiere que evolucionen, en el tiempo, ocho elementos clave:
- Misión o Propósito de la empresa: Debe ser claro y lo más simple posible desde el inicio, revisándose posteriormente tantas veces como sea necesario. Define en qué quiere centrarse la empresa para hacer negocio.
- Visión: Calendarizar lo qué se quiere conseguir en el tiempo en los principales objetivos del negocio.
- Valores: Determinar que comportamientos queremos que sean visibles en todos los niveles de la organización con el objetivo de generar internamente compromiso y fidelización; y externamente, reputación y ventaja competitiva.
- Áreas (departamentos) de negocio: Las áreas donde se hace todo lo que tiene que ver con clientes o consumidores.
- Áreas (departamentos) de soporte: Aquellas áreas que no queremos externalizar y que sustentan el funcionamiento de todo lo que no está relacionado directamente con clientes y consumidores.
- Procesos de negocio: Procesos transversales en los que participan áreas de negocio (Ventas, Marketing, Cadena de Suministro) y soporte (Finanzas), para monitorizar —normalmente con frecuencia mensual— la evolución de los resultados clave del negocio.
- Diseño organizativo: Definición de las tareas; estructura; política de compensación y reconocimiento; toma de decisiones; capacitación de las personas; y disponibilidad de la información necesaria para el desarrollo de las tareas y la toma de decisiones.
- Modelo de trabajo: estrategia y objetivos; tipo de liderazgo; nivel de accountability en la organización; operativa de los sistemas y de los procesos clave de negocio; gestión de la comunicación; y monitorización del rendimiento organizativo.
La dirección ejecutiva debe construir en estos ocho elementos de forma simple y eficaz —todos son necesarios—, asegurando que evolucionan y con suficiente simultaneidad para mejorar progresivamente los resultados.
Desde la perspectiva de gestión integral, la coherencia no es opcional: es un requisito estructural para que la empresa funcione como un sistema. Su ausencia no es una mera imperfección, sino una fuente de ineficiencia, desconfianza y disfunción.
Uno de los principales enemigos de la coherencia es la sobregestión: el exceso de controles, documentación, procedimientos y coordinación que no aportan valor y ralentizan la toma de decisiones. Todo ello debe minimizarse, e idealmente eliminarse.
La empresa coherente no es la que no comete errores, sino la que mantiene una dirección clara y consistente en el tiempo.
La coherencia: internamente → genera compromiso; externamente → genera credibilidad; y con el tiempo → genera reputación sostenida.
La coherencia no garantiza el éxito, pero su ausencia lo hace, sencillamente, imposible.
En definitiva, no es la complejidad de los modelos lo que marca la diferencia, sino el grado de coherencia con el que se aplican.
La coherencia no es un concepto teórico, es una práctica directiva. Si no se impulsa desde arriba, no ocurre. Evalúa tu modelo, alinea sus elementos clave y elimina todo aquello que no aporte valor. La coherencia no se declara: se construye.
Pasqual Prous Miró
Ingeniero Industrial por la Universidad Politécnica de Cataluña, Pasqual Prous Miró tiene una dilatada experiencia en las más avanzadas tecnologías de gestión que ha desarrollado durante treinta años desde distintas posiciones de la dirección del área Industrial.