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La coherencia siempre lleva apellido | Anna Puigdevall

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4 junio 2026
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La trampa está en que la coherencia no es una propiedad que las cosas tengan por sí solas, como el peso o el color. Es siempre una relación: algo es coherente con otra cosa. Nadie es coherente a secas; se es coherente con unos principios, con un relato, con un sistema de premisas. Y en cuanto aparece ese “con”, aparece también la pregunta incómoda: ¿coherente respecto a qué?

Ocurre igual que con las verdades. Una afirmación no es verdadera en el vacío, sino dentro de un marco que fija qué cuenta como prueba y qué no. “El sol gira alrededor de la Tierra” era coherente con la experiencia cotidiana de cualquiera que mirase al cielo durante siglos; solo dejó de serlo cuando cambiamos el marco desde el que mirábamos. La coherencia, como la verdad, lleva siempre un apellido, un desde dónde. Y lo que es impecablemente coherente en un ámbito puede resultar un disparate en otro.

Pensemos en el científico riguroso que en el laboratorio no acepta nada sin evidencia y que, al llegar a casa, consulta el horóscopo antes de tomar una decisión. ¿Es incoherente? Dentro de la lógica del laboratorio, desde luego. Pero quizá dentro de la lógica de sus rituales domésticos, de aquello que lo calma y ordena su día, sea perfectamente consistente. Habitamos varios ámbitos a la vez, y cada uno tiene su gramática. Exigir que todos respondan a las mismas reglas no es coherencia: es no entender que vivimos en plural.

Lo mismo le pasa al empresario que maximiza el beneficio. Es coherente con la lógica del mercado, que premia exactamente eso. Pero esa misma conducta puede ser flagrantemente incoherente con la lógica ecológica, o con la de una comunidad que necesita que el río siga limpio. No es que uno tenga razón y el otro no; es que están midiendo la coherencia con varas distintas. El conflicto no es entre un coherente y un incoherente, sino entre dos coherencias que pertenecen a ámbitos que no se hablan.

De ahí que la exigencia ciega de coherencia tenga su lado oscuro. El que jamás se contradice, el que defiende hoy lo mismo que hace veinte años con idéntico tono, puede parecer un modelo de firmeza. Pero a menudo es solo alguien fiel a un sistema cerrado a costa de ser infiel a la realidad, que sí ha cambiado. Emerson lo dijo sin piedad: una coherencia tonta es el duende de las mentes pequeñas. Y Keynes, cuando le reprocharon haber cambiado de opinión, respondió que él, cuando los hechos cambian, cambia de idea; preguntaba qué hacían los demás. Cambiar de parecer ante una prueba nueva es incoherente con lo que dijimos ayer, sí, pero es profundamente coherente con el amor a la verdad. Otra vez la pregunta: ¿coherente con qué?

Aquí es donde el contexto deja de ser un detalle y se convierte en el centro del asunto. El contexto es lo que fija el marco desde el cual una conducta cobra o pierde sentido. Juzgar la coherencia de alguien sin atender al ámbito en que actúa es como corregir una partida de ajedrez con las reglas de las damas: todo parecerá un error, y el error será nuestro. Antes de aplaudir o condenar, hay que reconstruir el tablero en el que el otro está jugando.

Esto no nos condena al “todo vale”. Al contrario, nos pide algo más difícil que la mera ausencia de contradicciones. Nos pide una coherencia de segundo orden: no la de quien repite siempre lo mismo, sino la de quien sabe qué marco corresponde a cada ámbito y, por encima de todos ellos, mantiene un puñado de valores capaces de orientarlo cuando los ámbitos chocan. A eso solemos llamarlo integridad. No es uniformidad, es brújula. La persona íntegra no es la que da idéntica respuesta en todas partes, sino la que, cambiando de registro entre el trabajo, la amistad y la plaza pública, sigue siendo reconociblemente la misma.

Anna Puigdevall Sagrera

Es directiva senior, experta en integrar IA y talento humano para maximizar resultados empresariales. Cuenta con más de tres décadas liderando organizaciones, equipos ejecutivos y procesos de transformación en sectores como el asegurador, sanitario, tecnológico e inmobiliario.

Su carrera se caracteriza por combinar visión estratégica, gobierno corporativo y una enorme capacidad de ejecución en entornos de alta complejidad.

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