
Vivimos rodeados de discursos sobre valores. Las empresas redactan códigos éticos, los líderes hablan de propósito y las organizaciones llenan sus páginas web de principios inspiradores. Todo eso está bien. El problema aparece cuando los valores dejan de ser una forma de vivir para convertirse únicamente en una forma de comunicar.
Sin duda podemos definir fácilmente la integridad como la capacidad de actuar conforme a nuestros principios incluso cuando nadie nos observa. Podemos hablar de honestidad, de rectitud o de coherencia moral. Todo eso es cierto. Pero, si alguien me preguntara qué significa realmente esa palabra, no empezaría por una definición.
He tenido la suerte de conocer a personas muy diferentes y de pasar tiempo con algunas de ellas en lugares que difícilmente olvidaré. Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que muchas de las lecciones que más me han marcado no las aprendí en una conferencia ni en un libro, sino escuchando a quienes habían pasado por situaciones difíciles sin renunciar a sus principios. Hay personas cuya vida termina convirtiéndose en la mejor definición de una palabra.
Hace años llegué a Mozambique para pasar unos días junto al misionero valenciano Vicente Berenguer. Aquellos días terminaron convirtiéndose en meses que siguen acompañándome cada vez que intento comprender qué significa realmente servir a los demás.
Vicente había dedicado más de medio siglo de su vida a Mozambique. Había vivido la descolonización portuguesa, una guerra civil devastadora y trabajado con distintos gobiernos para hacer posible algo tan sencillo y tan revolucionario como construir escuelas. Por ellas han pasado más de doscientos mil niños y niñas. Recibió premios nacionales e internacionales y el reconocimiento de todo un país. Sin embargo, cualquiera que hablara cinco minutos con él difícilmente descubriría alguno de esos méritos, porque nunca ocupaban sus conversaciones.
Lo que sí aparecía constantemente era una pregunta: “¿Qué podemos hacer?” Nunca decía “¿qué deberían hacer los demás?”, ni “¿quién tiene la culpa”. Siempre “¿qué podemos hacer nosotros?”.
Recuerdo caminar con él por las escuelas de Maputo. Bastaba que encontrara un papel en el suelo para detenerse. No levantaba la voz, simplemente preguntaba a los alumnos quién debía cuidar aquel colegio. Después sonreía y continuaba caminando. Aquella escena, repetida una y otra vez, encerraba una lección inmensa. La integridad empieza en los detalles que casi nadie considera importantes.
También recuerdo su humor. Nunca he conocido a nadie capaz de arrancar tantas sonrisas en lugares donde la vida había golpeado con tanta dureza. Hacía bromas con los niños, inventaba historias sobre cualquiera que llegara de visita y conseguía que desapareciera cualquier distancia en cuestión de minutos. Estuvo rodeado de demasiado sufrimiento como para permitir que la tristeza terminara ocupándolo todo.
Con frecuencia pensamos que el liderazgo consiste en influir. Yo creo que antes consiste en merecer la confianza de quienes nos rodean. Y esa confianza no nace del cargo, ni del prestigio, ni de los resultados. Nace de la certeza de que esa persona seguirá siendo la misma cuando nadie la aplauda. Había visto a demasiados libertadores parecerse, con los años, a aquellos contra los que habían luchado. Él nunca se permitió esa incoherencia.
Eso era Vicente Berenguer. No recuerdo una sola conversación en la que buscara reconocimiento. Nunca le escuché hablar de sacrificios personales. Nunca dio la impresión de sentirse imprescindible. Simplemente trabajaba. Un día tras otro, durante décadas.
Quizá por eso sigo pensando en él con tanta frecuencia. Porque hay personas que dejan edificios, empresas o proyectos. Él hizo eso y algo mucho más difícil de construir: una manera distinta de mirar el mundo.

Es consultor, conferenciante y fundador de ETHIC LEADERSHIP LAB, una iniciativa especializada en liderazgo ético, comprensión humana y toma de decisiones en entornos complejos. Es licenciado en Derecho, cuenta con un MBA Internacional, un Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales, y está especializado en mediación, cooperación internacional y resolución de conflictos.