
Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve discusiones intelectuales adultas sobre este tema de la libertad, que después ha aparecido diversas veces en mi vida como las matrioskas rusas, nuevos puntos de vista muy por encima del anterior e impidiendo que éste último siga siendo visto, eclipsándolo.
En quinto de carrera el profesor de sociología nos planteó la cuestión de si éramos libres o por el contrario todo estaba determinado. Y ojo que no tenía nada que ver con el destino ni ninguna fuerza sobrenatural, simplemente cada uno de nosotros con su genética y con las cosas que le han ido pasando, y funcionando el cuerpo por pura bioquímica, nunca ha sido libre de actuar de otra manera diferente a la que ha actuado en cada episodio de su vida. Sacaba el tema todo el tiempo con mis amigos y familiares, y si bien algunos compartían mi entusiasmo porque no éramos capaces de dilucidar ninguna conclusión definitiva y eso era bastante excitante, otros no eran capaces de comprender el alcance de tal hipótesis. Ellos “se sabían libres” porque a pesar de lo que yo les estaba contando, podían decidir si dar un golpe en la mesa en ese mismo instante o no darlo, y yo con mis teorías no podía saber si lo iban a dar o no. No se trata de eso, de que yo sepa o ni siquiera ellos sepan lo que van a hacer o si van a dar ese golpe o no. Se trata de reflexionar sobre si yo, con el ADN que tengo, con la bioquímica que transita mi cuerpo y con todo lo almacenado en mi cerebro, podía elegir ese acto o si al contrario, diera el golpe o no lo diera, esa era la única opción posible que surgiera de todo ese condicionamiento previo.
Yo no podía estar seguro pero esa visión me resultaba seductora, no porque la prefiriera, sino porque pensando que todo a escala reducida son átomos reaccionando con otros, en realidad no se puede influir en dicha reacción. Esa visión determinista, entroncaba muy bien con el concepto del “eterno retorno”, dado que el tiempo es infinito, si en algún instante todos los átomos del universo vuelven a estar en la misma posición en la que ya estuvieron en otro momento anterior, todos los eventos se repetirían a partir de ahí, en bucle, una y otra vez.
Otra visión de la libertad, menos profunda, más social y muy lugar común, es la de que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás. Esa frase tan manida en realidad no nos habla de libertad, sino más bien de moral. El que yo me autocensure para no dañar u ofender a otros con mis actos, no implica en ningún caso ninguna limitación sobre mi libertad para hacer o no hacer cualquier cosa. Que esté feo que yo pueda robar o matar a otro, no quiere decir que no tenga la libertad de hacerlo. Y ahí algunos que sí ven la libertad como ese constructo social dirán “muy bien, pero entonces se te quitará la libertad a ti”.
De nuevo estoy en desacuerdo. El hecho de que me puedan encerrar en una cárcel de alta seguridad tampoco tiene nada que ver con el hecho de que yo tenga o no tenga libertad. No he pisado nunca una cárcel, ni siquiera de visita, pero he escuchado a varias personas que sí las han transitado como huéspedes y además varias veces, que han sido muy felices allí e incluso que es el lugar donde más libres se han sentido. Pensar que estar en la cárcel equivale a no ser libre es de una habilidad comprensora bastante limitada. Entronca con otra visión de la libertad que establece que los humanos nunca seremos libres porque por ejemplo yo puedo desear volar con todo mi ser y sin embargo, por mi fisionomía, no podré conseguirlo nunca. Estamos sometidos a muchas leyes, las leyes físicas estando muy por encima del código penal, y hay ciertas cosas que no podemos hacer y punto. Eso incluye volar o salir de la cárcel cuando me plazca si es que me han condenado. Si por ser libres entendemos no estar sometidos a ninguna ley, no hay discusión, no lo somos. Si entendemos la libertad desde un punto de vista un poco más amplio, pondremos la siguiente matrioska encima de ésa, y entonces ésa pasará a dar igual. También viene al caso comentar los conocidos casos de varios héroes de la historia que se negaron a rendirse al enemigo incluso bajo tortura, de forma que prefirieron su aniquilación e incluso la de su pueblo por preferir la libertad. Obviamente esa libertad no incluye doblegar al enemigo, que es lo que quisieran, sino que entendiendo la libertad como el bien supremo, prefieren morir libres a vivir como esclavos.
Por ahí es por donde varios reos se han sentido libres en la cárcel, y por donde Viktor Frankl en “El hombre en busca de sentido” nos da una clase magistral sobre el tema. Estando preso en un campo de concentración nazi, descubrió que por más maltrato que le dieran los guardias, él siempre tendría la última palabra en su cabeza sobre cómo sentirse al respecto de su situación, él era el único que podía decidir si era feliz o no, si estaba alegre o frustrado, etc. Y tiene razón. De hecho en ese punto se vuelca la situación, él sufriendo el maltrato es libre y el guardia que intenta que sea desdichado y no lo consigue es el que se convierte en esclavo del reo. Ese es el reducto en el que podemos ser libres. No por decidir lo que puede o no suceder sino por decidir cómo nos tomamos lo que sucede. La película de Sergi Torres “Yo Libre” también explora esta visión, mostrando la misma escena en varias ocasiones y con diferentes consecuencias según la interpreten los protagonistas, y esa interpretación siempre estuvo en su mano.
Y de aquí podemos pasar a la siguiente matrioska, la que es capaz de cegar también mi capacidad de tomarme las cosas como yo quiero, la que pone en duda si tengo o no tengo libre albedrío. Porque, ¿quién es quien tiene ese libre albedrío? ¿Quién es el que decide cómo me tomo las cosas?
Hace poco descubrí en un reel random a Javier Wolcoff, y afirmaba con rotundidad algo a lo que yo también llegué por mi cuenta hace unos años y que no es frecuente escuchar, sino más bien se escucha lo contrario, y me llamó la atención. Él afirmaba que no tenemos libre albedrío. Que tenemos un poquito para decidir si nos ponemos unas zapatillas nike o new balance u on cloud (perdón por la publicidad no intencionada pero le cito textualmente), pero que si tenemos que usar esas zapatillas para caminar a tal esquina donde nos encontraremos con tal persona que desencadenará tal evento, eso no lo podemos elegir. Va a ocurrir y punto. La controversia viene de con quién o con qué nos identificamos. Yo efectivamente tengo libre albedrío, y Yo efectivamente soy inmortal. Si esas frases no te cuadran, o estás de acuerdo con una pero no con la otra, es que estás poniendo diferentes nombres detrás del pronombre Yo. El que tiene libre albedrío es el mismo que es inmortal, y el que es mortal, no lo tiene. Nos identificamos con un cuerpo, pero el cuerpo no es más que un avatar que un Ser decidió utilizar para existir en este mundo material. Ése Ser que soy, tiene libre albedrío y lo usó para experimentarse en el avatar que veo como mi complejo cuerpo-mente-emociones. Y no morirá, cuando entregue este avatar podrá tomar otro o investigar otros planos de existencia. El humano que yo creo ser, es mortal y no tiene libre albedrío porque está subyugado al de Ser que lo encarnó, que ya “contrató” una experiencia con ciertos hitos ineludibles que le harían evolucionar.
Así que visto desde esta última matrioska, volvemos al principio del texto y al determinismo casi puro. No desde un pinto de vista bioquímico como entonces, sino por el contrario desde un punto de vista más esotérico, pero que al igual que aquel le deja muy pocos grados de libertad al humano que cree tomar decisiones y cree ser libre. Por cierto esa creencia está en la base de la infelicidad humana, la “falsa sensación de autoría” como la bautiza lúcidamente Wayne Liquorman.

Daniel nació en Madrid en 1973. Es ingeniero de telecomunicación, controlador aéreo y panadero y pastelero. Lleva 24 años viviendo en Canarias y tiene 4 hijas. Pero, como dice él, «en realidad todo eso da igual, porque nada de eso lo soy ni lo tengo, y además todo eso se desvela en el relato. Lo que al final importa es que eso no es lo que somos, sino las etiquetas con las que nos identificamos. Lo que somos es más esencial».