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Las malas noticias no destruyen la confianza. La forma de comunicarlas, sí. | Por Luis Pulgar

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1 julio 2026
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Hay noticias que evalúan la calidad del liderazgo menos por su contenido que por su forma de comunicarse. Un ajuste, una reestructuración, la cancelación de una iniciativa o una decisión que afecta expectativas activan inevitablemente preocupación e incertidumbre. Lo que determina el impacto real de esa información, sin embargo, no es la naturaleza de la noticia, es la capacidad del liderazgo para preservar lo que hace posible seguir adelante: la confianza del equipo.

Existe un error de diagnóstico frecuente: creer que las malas noticias, por sí mismas, desmoralizan y erosionan la relación entre el líder y su equipo. La evidencia señala algo diferente. Lo que debilita la confianza no es la realidad adversa; es la manera en que se comunica: con arbitrariedad, opacidad o inconsistencia. Cuando el mensaje llega tarde, cuando los rumores han ocupado el espacio de la veracidad, cuando se gestiona la percepción en lugar de explicar la realidad, o cuando se promete más de lo que puede cumplirse, el problema derivado de la noticia se potencia con una crisis de confianza.

La credibilidad empieza por el rigor con que el líder domina los detalles de la situación antes de comunicarla. Ese dominio permite hablar con precisión y responsabilidad: sin ocultar la realidad, pero sin una crudeza que sustituya la claridad por el impacto. Las personas toleran mejor una verdad difícil comprendida que una incertidumbre agravada por mensajes ambiguos.

Una de las contribuciones más sólidas del pensamiento reciente sobre conversaciones difíciles es haber demostrado que comunicar temprano —incluso sin todas las variables resueltas— preserva más confianza que esperar una narrativa perfecta. En momentos de incertidumbre, los equipos no esperan omnisciencia; esperan integridad.

Esa integridad también exige ofrecer contexto. Una decisión comunicada sin explicar su lógica puede sentirse arbitraria. Pocas cosas erosionan tanto la confianza como la arbitrariedad percibida. Cuando el equipo comprende por qué se toma una medida, qué la hace necesaria y cómo se vincula a la sostenibilidad de la organización, el mensaje —aun siendo duro— deja de percibirse como una imposición inexplicable.

Hay un aspecto que con frecuencia se maneja mal: la tendencia a suavizar la realidad con formulaciones corporativas diseñadas para reducir el impacto de la información. Rara vez funciona. Los equipos detectan rápidamente cuándo el lenguaje amortigua más de lo que aclara, y cuando eso ocurre, la credibilidad del liderazgo se resiente de inmediato. La confianza crece cuando la verdad se comunica con seriedad y respeto, no cuando se disfraza con eufemismos.

La confiabilidad se reconoce cuando las personas perciben coherencia entre lo que el liderazgo comunica y lo que hace después. Este factor se subestima con frecuencia. Muchos líderes creen que la conversación termina cuando se anuncia la decisión difícil. En realidad, allí comienza la evaluación más exigente.

Si se anunciaron actualizaciones, deben producirse. Si se ofreció acompañamiento, debe ser visible. Si ciertos criterios guiarán decisiones posteriores, deben observarse en la práctica. En momentos de tensión, los equipos vigilan con especial atención si el liderazgo mantiene la consistencia, especialmente cuando todos operan bajo presión. Esa observación es central en la construcción de confianza.

La confianza rara vez colapsa por un solo evento. Se erosiona por incoherencias acumuladas. Ofrecer falsa seguridad puede ser más dañino que reconocer incertidumbre con honestidad. Intentar tranquilizar con promesas que no pueden sostenerse alivia momentáneamente la ansiedad, pero compromete la credibilidad futura. Reconocer con claridad lo que se sabe, lo que aún no se sabe y cuándo habrá nueva información es una forma más madura y confiable de ejercer el liderazgo.

Un elemento adicional merece atención: mostrarse distante de una decisión organizacional para preservar aceptación personal —insinuando desacuerdo con lo que se comunica— puede parecer una concesión empática, pero debilita la autoridad al proyectar fractura interna. El liderazgo debe asumir la representación institucional de lo que comunica.

Las malas noticias nunca se reciben en abstracto. Su contexto es siempre una relación preexistente. Cuando esa relación ha estado fundada en respeto, apertura y trato digno, la conversación ocurre sobre una base distinta. No desaparece la dureza del mensaje, pero cambia la disposición con que es procesado.

Las personas otorgan más confianza al líder que anuncia una situación difícil cuando existe una historia relacional sólida: interpretan con menos sospecha, toleran mejor la incertidumbre y están más dispuestas a reconocer la legitimidad del liderazgo. Esto confirma que la confianza no es solo un fenómeno de comunicación; es, en gran medida, un fenómeno relacional.

En este punto resulta especialmente valioso abrir espacio para preguntas. Uno de los errores más costosos es tratar la comunicación de una noticia difícil como una declaración cerrada. Las preguntas no debilitan la autoridad; pueden fortalecerla: permiten procesar inquietudes, reducir interpretaciones erróneas y restituir sentido. Cuando ese espacio no existe, las preguntas migran fuera de la conversación formal y reaparecen como rumor, resistencia o cinismo.

Tampoco debería subestimarse el papel de las reacciones emocionales. Tratar toda reacción como resistencia improductiva es una lectura pobre del comportamiento humano. Las personas procesan pérdidas, cambios e incertidumbre de formas diversas. Reconocer esa dimensión no es una concesión al sentimentalismo; es una lectura precisa del proceso por el que transcurre toda transición.

Comunicar más, no menos

En contextos difíciles, la frecuencia de comunicación es decisiva. La ausencia de información rara vez produce calma; produce especulación. La comunicación continua —incluso sin novedades ni soluciones definitivas— contribuye a la estabilidad del equipo y preserva la credibilidad del liderazgo.

Una mala noticia es una adversidad: el AQ del equipo en juego

Una mala noticia no es solo un evento de comunicación. Es, en términos técnicos, una adversidad organizacional: una circunstancia desfavorable que pone a prueba la capacidad de respuesta colectiva. Y como toda adversidad, su impacto sobre las personas depende, en buena medida, de cómo la perciben y la procesan.

El Dr. Paul Stoltz, creador del concepto Adversity Quotient (AQ), demostró que el desempeño de las personas ante situaciones difíciles no depende principalmente de su inteligencia (IQ) ni de su manejo emocional (EQ), sino de su capacidad para responder a la adversidad. El AQ es el indicador más preciso de la resiliencia, la tenacidad, la motivación sostenida y la esperanza operativa. Y puede incrementarse o deteriorarse según el entorno en que se desarrolla.

Aquí reside una de las responsabilidades más subestimadas del liderazgo: cuando el líder comunica una mala noticia, no solo informa. Está modelando la respuesta colectiva ante la adversidad. Está, en parte, configurando el AQ del equipo. La misma noticia, comunicada de maneras distintas, puede producir un equipo que actúa o un equipo que se paraliza. Esa diferencia no está en la noticia; está en el liderazgo.

La dimensión C.O.R.E.: cómo el líder actúa sobre los cuatro vectores del AQ

Stoltz identificó cuatro dimensiones —C.O.R.E.: Control, Ownership, Reach y Endurance— que determinan cómo una persona o equipo procesa y responde a las dificultades. Cada una de ellas puede ser influida, positiva o negativamente, por la forma en que el líder conduce la conversación difícil.

Control: del receptor pasivo al agente activo

Esta dimensión mide cuánto poder de influencia percibe el equipo sobre la situación adversa. Una mala noticia comunicada sin ninguna referencia a lo que el equipo puede hacer produce un receptor pasivo: alguien que siente que la realidad actúa sobre él sin que él pueda actuar sobre la realidad. El líder puede contrarrestar este efecto explicitando —en la misma conversación— qué aspectos están en manos del equipo: qué decisiones pueden tomarse, qué acciones son posibles de inmediato, qué márgenes de influencia persisten. No se trata de minimizar la dificultad, sino de devolver al equipo su condición de agente. Esa pequeña diferencia —entre «esto te pasa» y «esto ocurre; aquí está lo que puedes hacer»— impacta directamente en el Control percibido.

Ownership (propiedad y pertenecia): responsabilidad sin autodestrucción

Esta dimensión distingue entre asumir responsabilidad y autoculparse. En contextos de malas noticias, uno de los riesgos más frecuentes es que el equipo proyecte la culpa hacia afuera —evadiendo aprendizajes— o, en el extremo opuesto, caiga en autoflagelación improductiva. El líder que comunica con claridad quién asume qué, qué parte corresponde a la organización y qué aprendizajes se extraen de la situación, ofrece un encuadre que permite rendir cuentas sin destruir la moral. Esta distinción —entre responsabilidad y culpa— no es semántica: es la diferencia entre un equipo que aprende y uno que se paraliza por el peso de sus errores.

Reach (alcance): contener el alcance de la adversidad

Stoltz identificó que uno de los patrones más dañinos ante la adversidad es el pensamiento catastrófico: la tendencia a percibir que el problema lo contamina todo. Cuando un equipo recibe una mala noticia sin contexto ni delimitación, la amenaza inmediata es que el alcance percibido del problema se extienda más allá de su ámbito real —de un área a toda la organización, de un período a un futuro indefinido, de una decisión a una crisis de identidad. El líder puede contener ese Reach, no minimizando la situación, sino delimitándola con precisión: esta medida afecta a esta área, en este período, con estas consecuencias. Confinar la adversidad a su verdadera dimensión —sin exagerarla ni trivializarla— es uno de los aportes más valiosos de una comunicación bien conducida.

Endurance (aguante): la adversidad tiene límites en el tiempo

La cuarta dimensión mide cuánto tiempo el equipo percibe que la adversidad durará. Una noticia comunicada sin ningún horizonte temporal alimenta la sensación de que la dificultad es permanente, lo que erosiona la esperanza y la capacidad de acción. El líder que puede señalar —aunque sea de forma tentativa— cómo se ve el camino hacia adelante, cuándo habrá nuevas actualizaciones, qué condiciones permitirán la recuperación o el ajuste, está contribuyendo directamente al Endurance del equipo. No se trata de hacer promesas que no pueden sostenerse; se trata de ofrecer un horizonte que ancle la acción presente.

Desesperanza aprendida o capacidad de acción: el liderazgo decide

Stoltz identificó que la principal barrera para superar la adversidad es la desesperanza aprendida: la convicción de que, haga lo que haga la persona, nada va a cambiar. Este estado no es innato; se aprende, se instala progresivamente mediante exposición repetida a entornos donde la acción individual no produce resultados. Pero también puede ser revertido. Lo que la neurociencia cognitiva ha confirmado es que el cerebro puede rediseñar sus patrones de respuesta ante la adversidad mediante intervención consciente y repetida. El entorno —y quienes lo lideran— juegan un papel determinante en ese proceso.

Una comunicación de malas noticias que llega tarde, que carece de contexto, que transmite opacidad o que cierra el espacio a preguntas, puede instalar exactamente ese estado en el equipo: la sensación de que no hay nada que hacer, de que las decisiones están tomadas sin participación posible, de que la situación los sobrepasa. El resultado no es solo desmoralización momentánea; es parálisis operativa sostenida. Un equipo en ese estado no actúa, no propone, no se adapta.

Por el contrario, un líder que comunica con claridad mantiene el espacio de diálogo, delimita el alcance real del problema y señala los márgenes de acción disponibles está, en términos de AQ, activando lo que Stoltz llama el optimismo operativo: la convicción de que la adversidad es temporal, acotada y en parte manejable. Los equipos conducidos bajo ese marco no son ingenuos respecto a la dificultad —la reconocen con igual claridad—, pero la procesan como una circunstancia a superar, no como un destino definitivo.

La diferencia entre ambos resultados no depende de la naturaleza de la noticia. Depende, casi siempre, de cómo se entrega —y de quién la entrega.

Dar malas noticias no es un problema táctico de comunicación. Es una prueba de liderazgo. Y esa prueba se supera —incluso cuando el mensaje es desagradable— cuando quienes lo reciben reconocen tres valores fundamentales: que quien habla es creíble, que actuará de manera confiable y que existe una relación suficientemente sólida para atravesar una realidad difícil sin quebrar el vínculo.

Cuando esos tres impulsadores están presentes, incluso las conversaciones más complejas pueden preservar —y a veces fortalecer— la confianza del equipo. Y cuando la comunicación actúa además sobre las cuatro dimensiones del AQ, el liderazgo hace algo más que informar: construye la capacidad de respuesta colectiva que determina el desempeño del equipo ante toda adversidad futura.

Luis Pulgar es un referente internacional en Recursos Humanos, mentor y asesor estratégico con más de 35 años de experiencia en 9 países. Ha liderado procesos de transformación organizacional en empresas como NV Bekaert, TV Novedades TV y PDV-Tecnología de Información. Cofundador de Bonum Coaching, impulsa la democratización del coaching ejecutivo. Es autor del libro Verdadero Business Partner y ha sido docente en reconocidas universidades. Su visión estratégica lo posiciona como un líder en el desarrollo de talento de clase mundial.

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