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Libertad | Por Eva Viedma

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16 febrero 2026
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La libertad se entiende comúnmente como la facultad de poder obrar de una forma u otra, según la propia voluntad y sin coacción. Sin embargo, cuando miramos de cerca nuestra forma de actuar y de estar en el mundo, nos damos cuenta de que somos fruto de una historia que no elegimos: una educación concreta, unas creencias familiares, una cultura, unas experiencias que dejaron huella.

Repetimos dinámicas relacionales, conflictos laborales, patrones de autosabotaje. Cambiamos de escenario, pero el guion interno permanece. Creemos estar eligiendo, pero muchas veces estamos reaccionando.

Carl Gustav Jung lo expresó con claridad: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirátu vida y tú lo llamarás destino.” Mientras lo inconsciente siga operando sin ser visto, no decidimos: respondemos automáticamente desde heridas, miedos y creencias que aprendimos a muy temprana edad. Somos arrastrados por un yugo invisible que nos mueve desde dentro. Y lo más paradójico es que solemos sentirnos libres. Pero esa sensación no es siempre libertad real. A veces es simplemente coherencia con nuestros condicionamientos.

Valoramos enormemente la libertad externa: poder elegir profesión, pareja, ideología, estilo de vida. Y, sin duda, este es un logro importante en nuestra civilización. Pero existe otra dimensión más sutil y más decisiva: la libertad interior.

Diría que el hombre tiene dos nacimientos. El primero es biológico, el día que su madre da a luz, el segundo es un nacimiento interior, es el momento en que uno toma conciencia de sí mismo, asume su responsabilidad y decide el rumbo de su vida libremente.

Podemos tener infinitas opciones y seguir siendo esclavos del miedo al rechazo. Podemos cambiar de empresa o de pareja  y continuar atrapados en la necesidad de aprobación. Podemos tener autonomía profesional y no atrevernos a decir “no”. La libertad exterior amplía posibilidades; la libertad interior amplía conciencia.

Decía Viktor Frankl:“Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta.” Ese espacio no es automático. Cuando no hay conciencia, el espacio desaparece y reaccionamos. Cuando hay trabajo interior, el espacio se ensancha y podemos responder.

Y aquí aparece una dimensión de la libertad que a menudo olvidamos: la libertad implica responsabilidad. Ser libre no es solo poder elegir; es hacerse cargo de lo que se elige. Y eso no siempre resulta cómodo.

Algunas personas se sienten más seguras dentro de marcos rígidos: normas religiosas incuestionables, estructuras familiares muy definidas, culturas empresariales altamente jerarquizadas. En esos contextos las reglas están claras. Uno sabe lo que está “bien” y lo que está “mal”. Puede gustar más o menos, pero hay una sensación de seguridad: si cumplo con lo establecido, estoy haciendo lo correcto.

En el ámbito empresarial también lo vemos con frecuencia. Se habla mucho de autonomía, de empoderamiento, de equipos autogestionados. Pero cuando se ofrece verdadera libertad, algunos profesionales se paralizan. Porque ya no basta con ejecutar instrucciones; ahora hay que pensar, posicionarse, elegir prioridades. Y elegir implica asumir consecuencias.

La libertad madura no elimina los límites; los elige conscientemente. No consiste en hacer lo que me apetece en cada momento, sino en actuar desde una comprensión profunda de quién soy, qué me mueve y qué impacto tienen mis decisiones.

La libertad auténtica nace cuando dejo de identificarme ciegamente con mis patrones y empiezo a observarlos. No puedo cambiar lo que no veo. Pero cuando lo veo, algo se transforma. No elegí mi infancia. No elegí muchas de las experiencias que me marcaron. Pero sí puedo elegir si sigo reproduciendo inconscientemente esos guiones o si los reviso. Puedo elegir si reacciono desde la herida o respondo desde la conciencia.

 “No te define de dónde vienes, si no a dónde vas” me dijo un día uno de mis mentores. No se trata de negar nuestro pasado, sino de dejar de estar determinados por ello sin darnos cuenta.

Tal vez no seamos absolutamente libres. Tal vez nunca lo seamos del todo. Pero cada vez que ampliamos conciencia, cada vez que habitamos ese espacio entre estímulo y respuesta, cada vez que asumimos la responsabilidad de elegir en lugar de reaccionar, nuestra libertad crece. Y en esa expansión —imperfecta, valiente, consciente— se juega gran parte de nuestra madurez humana.

Eva Viedma es Coach Profesional Certificada PCC por ICF y terapeuta
Gestalt. Tras más de 20 años en el entorno corporativo internacional,
reconvirtió su carrera para acompañar procesos de transformación
personal y organizacional. Fundadora de Eva Viedma & Asociados,
trabaja desde una mirada humanista, holística y consciente.

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