
«Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad». Esta fórmula la hemos escuchado innumerables veces en los tribunales de justicia y películas norteamericanas de abogados. Si nos fijamos, ¿por qué insisten y repiten tanto en que digamos toda la verdad y solo esta? ¿Hay medias verdades? ¿Y si no se dice toda la verdad se está mintiendo? Vemos que en este caso es importante no mentir, ni ocultar información, ni falsear, ni manipular hechos sujetos a diferentes interpretaciones. Nuestra memoria y recuerdos nos juegan a menudo malas pasadas, sin entrar aquí todavía en ser malintencionados. Simplemente porque nuestra mente no se fija y completa los vacíos, basándose en patrones y sesgos propios de nuestras circunstancias personales, entorno, creencias y conocimientos.
Es curioso que incluso se permita actuar de forma distinta si eres testigo o investigado. En el primer caso estás obligado a decir la verdad. En el segundo, investigado o acusado, estás en tu derecho a no declarar y a no confesarte culpable, aunque tú sepas que lo eres, sin que eso equivalga a mentir. No es lo mismo callar que ocultar, mentir o engañar.
Algunas frases sobre por qué y dónde mentimos: con fines públicos: «la verdad puede incomodar, pero la mentira siempre pasa factura»; con fines bélicos: «la primera víctima de la guerra es la verdad»; con fines periodísticos: «si tu madre te dice que te quiere, compruébalo», yo añadiría que dos veces; en el trabajo: «mentimos para no afrontar consecuencias, no tener que dar explicaciones u obtener ventaja sobre compañeros»; en el amor: «siempre te querré y te seré fiel». Un clásico.
Y nos quejamos con razón de que nos mientan. Sin embargo, nosotros hacemos lo mismo con los demás. Estudios fácilmente consultables muestran que cada uno de nosotros mentimos entre dos y veinte veces al día, bien para suavizar los hechos o simplemente para no molestar o herir al prójimo, con realidades incómodas. Todos sabemos que «antes se pilla a un mentiroso que a un cojo», pero perseveramos. Y cada mentira necesita otra más grande que la sostenga. ¿Tanto nos incomoda la verdad? O dicho de otro modo, ¿por qué mentimos? Por interés personal, por miedo, por vergüenza, por costumbre, por consideración a no hacer daño. En este último caso preferimos una mentira piadosa para no sembrar discordia y romper una relación.
Cuando era joven y nos daban charlas para orientar nuestras carreras profesionales, en base a tests y entrevistas, me dijeron que debía dedicarme a la política. Yo contesté muy rápido diciendo que ¡ni hablar!, pues acabaría apuñalado como mi tocayo César, y no necesariamente en la Curia de Pompeyo, sino en cualquier rincón. Ya sabía entonces que no toleraba la mentira, pues la veía como parte estructural del mismo poder, ni la falta de escrúpulos, ni el abuso sobre los necesitados, bajo ninguna condición. Mi héroe de joven fue el Capitán Trueno, adalid de causas perdidas, defensor de la justicia y de la verdad. Y eso marca. La formación recibida y la educación paterna me moldearon así. ¡Qué se le va a hacer! Agradezco, pasados los años, no haber hecho caso a esa recomendación.
Más cerca en el tiempo, hace cuatro años tuve la suerte de enseñar al público una exposición en la BNE que se titulaba Noticias verdaderas. Maravillosos prodigios. Hablaba sobre los orígenes del periodismo y presentaba lo que ha sido desde siempre práctica habitual, la deformación de la verdad, con motivaciones bien variadas, como hemos visto. Todas ellas persiguen un único fin: llevarnos a donde otros quieren, para conseguir nuestra atención, apoyo, opinión y dinero. Y estas motivaciones no han cambiado a lo largo de la historia. Comprobar todo lo que nos dicen exige un esfuerzo y un tiempo enorme, por lo que lo dejamos pasar y seguimos acumulando falsedades.
En la antigüedad, quizás más crédulos y menos viajados, nos colaban noticias, como aquella famosa de que un pez enorme con múltiples ojos apareció en el mar de Liorna, próximo a la Toscana. Hoy nadie se tragaría esta trola, publicada en 1679, aunque fue noticia creída. Más tarde se cambiaba el lugar y se repetía la falsa noticia, con idea de vender pliegos y gacetas. Hay cientos registradas, como el niño con siete cabezas o el pájaro monstruoso aparecido en Francia en 1654.
Igualmente, hoy en día desayunamos con noticias tan falsas que dentro de unos años harán sonreír a nuestros descendientes. O quizá no. Pues con las nuevas técnicas de alteración de imágenes y voces, cada día nos es más difícil saber qué es cierto y qué no lo es. Lo cual nos plantea la inquietante idea de que sin criterio ni un mínimo de entendimiento y lecturas, es más fácil que nos mientan y embauquen. Así que para mí es crucial saber quién está detrás de las informaciones que consumimos, su credibilidad, integridad y propósito.
Es una verdad objetiva que el ser humano ha pisado la Luna. ¿Por qué entonces hay personas que creen que no fue así? Sucede igual con la redondez de la Tierra. ¿Qué necesidad hay de mentirse a uno mismo? Puede ser por polemizar, por formar parte de un colectivo que se opone al resto, por llamar la atención donde no hay mucho que rascar... Esta verdad, aunque alguien no la crea, no cambia el hecho en sí. Nuestros recuerdos, sin embargo, pertenecen al ámbito de la verdad subjetiva, que no tiene porqué coincidir con otras opiniones. Por último, la honestidad y búsqueda del bien general caen dentro de la verdad moral. En este caso nos parece permitido, como mal necesario y asumible, mentir para evitar el conflicto.
Si dijésemos siempre la verdad ¿nuestra convivencia sería posible? ¿Sería viable una sociedad donde todos dijéramos la verdad, una sociedad sin mentiras? ¿Qué sería mejor, una sociedad donde nadie miente o donde todos dicen la verdad? Me gusta hacerme este tipo de preguntas. Y cada una de ellas daría para muchas páginas. Mi opinión es que viviríamos en una sociedad más sana donde se hubiese desterrado la mentira, aunque no se dijese toda la verdad objetiva, ya que esta puede, tras pasar por cada uno, ser subjetiva, parcial e interpretable. Y es que la verdad desnuda y absoluta puede ser tan peligrosa o más que la mentira. Así que mucho cuidado, en una reunión y tras unas copas, el decir la verdad de forma temeraria puede agriar relaciones familiares, romper amistades o arruinar reputaciones.
Finalmente, si te pregunto: ¿Qué opinas de mí? ¿Me dirías toda la verdad?
¿Qué es verdad de todo lo que he contado? Les garantizo que todo. Pero también podría estar mintiendo.

César Elvira González es un profesional de dilatada trayectoria en el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Transformación Digital, con más de 25 años de experiencia acumulada en proyectos internacionales de alta complejidad y sectores estratégicos como el energético.