
En un mundo donde la palabra dada tiene poco valor, donde importan más los resultados a cualquier precio y donde los cambios de opinión, por no decir bandazos por conveniencia, son constantes, tanto sean de forma deliberada como por mera necedad, el mantener unicidad entre lo que se piensa, se dice, se hace y se siente, es de rara avis. La coherencia perfecta se alcanza para mí cuando se actúa igual ante los demás, que cuando se está solo y nadie mira. Es la forma de proceder cuando hay armonía y nada es discordante, como en una partitura o una fórmula.
La coherencia se aplica a personas tanto honorables como miserables. La madre Teresa de Calcuta es un ejemplo de bondad, dedicación y cuidados hacia los demás. Pura coherencia y virtud. En las antípodas podemos decir que Hitler era también pura coherencia, con sus discursos incendiarios de odio, sus pensamientos raciales, sus sentimientos de superioridad y desprecio, y por sus actos y órdenes asesinas sin compasión. Era coherente en la maldad, entre lo que pensaba, decía, obraba y sentía, no había fisuras. Este era su valor. Sin embargo, su coherencia enfermiza llevada al extremo, denotaba fanatismo, inflexibilidad, empatía nula, egoísmo desmedido, revanchismo, desprecio y prepotencia. Poco de virtuoso hay en todo esto.
Y cuando dominan las pasiones y estas te llegan a controlar, dejas de ser honesto y cabal. La mentira y la impostura, basadas en el miedo y la arbitrariedad, son características de falta de virtud.
Esa calma y orientación a hacer el bien, es de lo que carecía Adolf Hitler y le sobraba a Teresa de Calcuta. Así que, cualquier malvado pasado o presente, aun siendo coherente, carece de justicia y bondad. Es pues vital, tanto el contenido como el propósito de los actos que ejecutas. La coherencia en la Madre Teresa multiplicó su caridad y entrega. La coherencia en Hitler multiplicó el daño y el mal. Por otro lado, ser coherente te hace predecible, cosa que no buscan precisamente algunos líderes, ya que, en la ambigüedad, generan un caldo de cultivo propicio para movimientos, luchas y ambiciones, que descentran al adversario.
Los cambios no son siempre un indicador de falta de coherencia, demuestran madurez y evolución si se hacen reflexivamente. Y puede ser una ventaja positiva si se rompen reglas coherentemente perversas y destructoras.
Aquí introduzco la virtud como esa disposición continua y fuerza de voluntad para obrar el bien. La virtud es considerada una excelencia moral y una parte del carácter que se adquiere mediante educación y hábito. Aquí esta una clave, en que cuesta, y todo lo que requiere esfuerzo, vale más y sabe mejor. Si no es así, algo chirría en nuestro interior y los demás lo acaban por percibir. Y al no ser coherente, dejas de ser fiable.
Tampoco basta con alinear aquello que consideramos bueno, con el propio carácter y las acciones, para que el resultado sea virtuoso, coherente y constructivo, pues que yo considere algo bueno para mí, no quiere decir que lo sea para los demás.
Me surgen preguntas, como: ¿La coherencia construye o destruye? ¿Es la destrucción falta de coherencia? Pues no siempre, si se hace pensando en construir algo mejor sin dañar a nadie o destruir algo perverso. Aunque es una percepción propiamente humana, pues el mundo animal no funciona así, ni en el propio Universo, donde se destruyen y crean vidas, mundos, estrellas, sin pedirnos permiso y contar con nosotros. Tanto el propio Universo como los animales son coherentes en su neutralidad, pues actúan bajo leyes universales fijas, no hay maldad en ellos, solo indiferencia. Los humanos nos permitimos el lujo de alterar esas leyes, de ahí la importancia de buscar el bien común como factor diferencial.
La virtud necesita coherencia, pero esta no necesita a aquella. Es la esencial diferencia.
En definitiva, se trata de que, adoptando coherencia en nuestras vidas, nos encamine a ser mejores, a trasmitir solidez a nuestros pensamientos, palabras y actos; que expanda equilibrio y sensatez a quienes nos rodean.

César Elvira González es un profesional de dilatada trayectoria en el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Transformación Digital, con más de 25 años de experiencia acumulada en proyectos internacionales de alta complejidad y sectores estratégicos como el energético.