
Cuando pienso en el concepto de empatía me vienen a la mente las palabras afinidad y escucha. Ser receptivo y ponerte en el lugar del otro. Con lo complicado que resulta, pues sin conocer bien la peripecia vital de cada uno es poco menos que imposible colocarte en su pellejo. Vivir lo que otro vive. Sentir lo que siente. Saber lo que sabe. Comprender lo que comprende. Pues, en el mejor de los casos, nos ponemos momentáneamente en lo que creemos es su lugar, pero lo hacemos desde nuestra mirada, pasado y condicionantes. Por tanto, minimizamos sus necesidades de atención, apoyo o consenso.
La empatía es una de las cualidades más valoradas de una persona con un mínimo de sentido ético, en general, y en un líder que aspira a serlo de facto, en particular. Implica la escucha activa para aproximarnos a lo que nos cuenta la otra persona.
Y es curioso que se pide y valora mucho más esa solidaridad cuando hay conflictos y tensiones que en momentos de placidez y felicidad. Aquí más bien podríamos hablar de compartir la dicha ajena. En entornos distendidos la consideración es más sencilla de mostrar que en momentos convulsos. Decimos que alguien nos cae bien porque empatizamos, nos presta atención y brinda cálida afinidad o razonada discrepancia, siempre desde el respeto y la amistad.
Ponerte en la piel del otro es, por tanto, complicado, por más que tratemos de hacerlo de corazón ante sucesos graves, como cuando acontece la pérdida de un ser querido, del trabajo o enfermedad. Somos empáticos durante un rato y volvemos a lo nuestro. Así que el contexto y la duración son dos marcas que nos protegen, aíslan, condicionan.
Desgraciadamente esto me sucede, no sé si ya por edad, por experiencia o porque cada vez son menos las personas capaces de sorprenderme con lo que van a contar. Así que las interrumpo, me adelanto y les doy mi versión. Puede que sea verdad o puede que no, pero privo a mi interlocutor de la posibilidad de contar con sus palabras qué le angustia o, simplemente, qué quiere compartir.
Nos encanta que nos escuchen, pero nosotros lo hacemos poco. No tenemos más que ver cualquier tertulia en radio y, sobre todo, televisión donde todos se interrumpen y atropellan en voz alta, pues cada uno está en posesión de su minuto de gloria y pedacito de verdad. Se trata de demostrar que se sabe más que los demás, sin importar otras perspectivas diferentes a la propia o si es verdad lo que decimos.
Recuerdo el programa de debate La Clave, en RTVE, entre 1976 y 1985, los viernes, moderado por el periodista José Luis Balbín, donde sus invitados se respetaban y hablaban con fundamento desde la experiencia, comentando una película o un hecho relevante. Y no porque no hubiese motivos para discutir en plena transición española, pues se trataban temas de política, ciencia y cultura, muchos de ellos controvertidos, como el aborto o la legalización del PCE. Se aprendía mucho ¡y al final hasta daban bibliografía por si alguien quería ampliar sobre el tema tratado! Eran esas ganas de conocer lo que piensan otros que no lo hacen como tú y la corrección en las formas, esa empatía, la que hoy echo de menos.
Nada hay más difícil que escuchar con atención plena al otro pues, aunque parezca que lo hagamos sin hablar y mirándole, nuestra mente está en otra parte y, como caballo indomable al galope, cuesta que vuelva al paso.
Además, si somos poco empáticos con nuestros coetáneos, mucho menos lo somos con nuestros antepasados a la hora de juzgar comportamientos lejanos en el tiempo. Ahí, aparte de empatía, nos faltan rigor y conocimientos de historia. ¡Con qué ligereza criticamos actuaciones de aquellos que vivieron hace 500 años con otras normas y códigos diferentes a los nuestros! Qué fácil no tratar ni siquiera de comprender cómo era el mundo de un descubridor, un guerrero o un comerciante, que se movían por un mundo nuevo, hostil, desconocido, jugándose la vida a cada momento… ¡Qué poca sensibilidad, si ni siquiera nosotros nos poníamos de acuerdo con nuestros padres!
¿Cómo conseguir ser empáticos ante el profundo dolor ajeno, la inquietud que corroe el corazón de alguien, ante sus miedos, sus dudas? ¿Cómo serlo de forma verdadera y coherente? Porque lo que sí sabemos es que una molestia en un dedo nuestro es más cruel que dolor en brazo ajeno. Por no decir que cuando cuentas que algo te sucede, a tu interlocutor le pasa lo mismo, pero corregido y aumentado…¡Lo tuyo no es nada, lo mío sí es que es grave e importante, decimos sin rubor!
¿Se puede ser empático con todos durante mucho tiempo? Pues seguramente no. Todo se desgasta y nuestra capacidad de escucha y empatía también decae. No es una obligación ser empático, aunque sí un valor necesario que permite a los otros expresar libremente un concepto, opinión o propuesta, sabiendo que al menos será escuchada, entendida y no criticada sin más.
Por eso, en algunos casos, el no ser empático puede ser visto como un mecanismo de defensa, como la capacidad para negar o inhibirse del dolor y las desdichas ajenas, pues con las nuestras, parece ser, tenemos bastante. Lo contrario a la empatía sería la indiferencia, la apatía, el desinterés por lo que le sucede al prójimo. El nombre sería ecpatía. Y el grado máximo de este desinterés, de esa ausencia de sentimientos por el prójimo, no ya por autoprotegerse, sino por verdadero desprecio, aversión y rechazo, lo vemos demasiado reciente y cercano a nosotros, así que no iré por este lamentable camino.
Cuántas relaciones se han roto y cuántas negociaciones han quedado bloqueadas porque las partes están en posiciones enrocadas, enfrentadas, sin ceder nada, como en una trinchera, sin ver más allá que su postura. Nadie escucha o trata de comprender las razones del otro. Actitudes como estas no llevan a ningún lado y son contraproducentes, pero nos empeñamos en ellas con denodada tozudez.
Tenemos por delante una tarea inmensa, nada sencilla. Poco menos que escuchar sin interrumpir. Ponernos en el lugar del otro para sentir lo que siente y comprenderle de corazón, saber actuar para aliviar las causas de sus inquietudes y pesares, para avanzar en una negociación o simplemente para ser un líder creíble.

César Elvira González es un profesional de dilatada trayectoria en el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Transformación Digital, con más de 25 años de experiencia acumulada en proyectos internacionales de alta complejidad y sectores estratégicos como el energético.