
La primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en alguien íntegro es la figura de mi abuelo, militar de mirada firme, profunda, serena, sin quejarse de como vinieran las cosas, pues había visto y vivido demasiado. Ayudando y no aprovechándose de nadie.
Para mí, integridad es unidad entre lo que soy y lo que muestro, lo que pienso y lo que hago; ser fiel a unos valores, convicciones e ideales firmemente asentados y cultivados con tiempo y paciencia. Íntegro es para mí alguien que no pone precio a sus principios, que no se deja distraer por cantos de sirena, ni manipular ni presionar por terceros. Íntegro es aquel que es firme, claro y limpio en pensamientos y fiable en acciones, aunque acarreen dificultades personales, que deban afrontarse con resignación.
Integridad es aquella cualidad personal que permite mantener una reputación, ligada a la palabra dada, y a la honra, ligada al mérito, la estima y las opiniones de terceros, valores estos apreciados por los españoles desde la Edad Media y ya olvidados hoy por parecer anticuados.
Si tanto reputación como honra reflejan esa rectitud y respeto que, como espejos, los demás ven en ti, la integridad es más como tú te ves a ti mismo y te proyectas. Se tiene o no se tiene. Y los demás lo ven o no lo ven en ti.
Fue Quevedo quien dijo que “nadie puede ser honrado sin ser veraz”. Aquí veracidad es fiabilidad que lleva aparejada confianza y certidumbre, de que una persona íntegra no te dejará en la estacada ni te venderá en un descuido. Es defender la verdad en un mundo cada día más empapado de medias verdades, falsedades encubiertas, cuando no burdas y manifiestas mentiras.
La integridad está alejada diametralmente a la mentira, a la corrupción y a la deshonestidad. Aunque baste con un descuido y caigas en los anteriores comportamientos, contrarios a toda ética, para que honradez, veracidad, fiabilidad e integridad se rompan, siendo muy costoso de recomponer. Llegado el caso, esa confianza que los demás veían y habían depositado en ti, queda manchada y perdida. Quizás sea irrecuperable.
La palabra integral es como la función matemática, el sumatorio continuo de cantidades pequeñas, que, aunque varíen discretamente en cada punto, la suma de todas ellas, permite medir con máxima exactitud el trabajo diario, fiable y constante. Al conocer la integral o integridad, esta permite calcular el coraje, comportamiento y certidumbre, estima y respeto, de la persona que actúa bajo reglas fijas, que son su virtud y valor.
En la antigüedad la integridad se basaba más en rígidos códigos estrictos, como el honor familiar de un apellido, una posición o la palabra empeñada, siendo esta última lo poco que poseía el pobre. Al rico se le permitan más licencias y maniobras, que podían hacer menoscabo de su integridad, no siendo esta su primera prioridad.
Hoy la integridad apuesta más por la fidelidad a un grupo, a integrar, lealtad sería la palabra, aunque esta se aleje mucho en la mayoría de casos de esa integridad inicial. Se apuesta así en el mejor de los casos por la ética profesional, empatía a la diversidad y transparencia en fondo y forma, sin dobleces. La honra e integridad del hombre gira en torno a estas virtudes.
Una persona íntegra moralmente es seña de honor social y referente, a veces menospreciado y hasta poco entendido, pues este valor, como otros tantos hoy, ante acciones u omisiones, silencios y recompensas, mordidas y sobornos, prefiere aparcarse. También podría ligarse integridad a coherencia. Una persona íntegra es coherente, al revés no funciona. Así, integridad es un valor que los demás atribuyen a uno, que va más allá de hacer lo correcto, de ser coherente, que consiste en ser referente y faro fiable que aporta luz y seguridad para que otros barcos puedan llegar a buen puerto.

César Elvira González es un profesional de dilatada trayectoria en el ámbito de las Tecnologías de la Información y la Transformación Digital, con más de 25 años de experiencia acumulada en proyectos internacionales de alta complejidad y sectores estratégicos como el energético.