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Responsabilidad de más  |  Por María José Arévalo

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16 septiembre 2026
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Durante mucho tiempo viví con una sensación difícil de explicar: si estaba suficientemente pendiente, quizá podía evitar que ocurriera algo irreversible. En mi negocio. Con mis padres. Con mi pareja. Con las personas que quiero. Si algo podía complicarse, me anticipaba. Si había un problema, buscaba la solución. Si alguien necesitaba algo, ahí estaba.

Al frente de mi farmacia, durante años, esa forma de estar me parecía responsabilidad. Y en gran parte lo era: había compromiso, amor y cuidado real. Pero también estaba esa sensación de fondo, silenciosa, casi nunca dicha en voz alta: si yo estaba pendiente, las cosas estarían bien.

Tardé años en verlo de otro modo.

Esa correspondencia tiene dos formas de desajustarse. Descuidar lo propio se nota enseguida: algo queda sin hacer, y alguien lo echa en falta. Sostener también lo ajeno es más difícil de detectar —puede pasar años disfrazado de virtud, porque parece más entrega.

Esa correspondencia se nota en gestos pequeños, no en discursos. En dejar una pregunta sin responder el tiempo suficiente para que otro la responda. En que, cuando algo se tuerce, el primer impulso sea preguntar qué pasó, en lugar de arreglarlo antes de preguntar nada. Y, sobre todo, en sentir alivio cuando alguien se hace cargo de algo que también podría haber resuelto uno mismo —o descubrir que, en el fondo, incomoda haber llegado en segundo lugar. En preguntarse, cuando se hace de más, si es por amor a lo que se hace o por miedo a lo que pasaría si no se hiciera.

Ocurre, muchas veces, algo parecido: otros sí podrían hacerse cargo. Anticiparse no es, en sí, el problema —anticiparse a lo propio es, muchas veces, la mejor forma de responsabilidad—. El problema empieza cuando nos anticipamos a lo que le corresponde al otro: alguien termina la frase que el otro todavía estaba formulando. El espacio donde el otro podría responder, decidir, hacerse cargo, se va haciendo más pequeño, hasta que el sitio donde esa confianza podría ejercerse, sencillamente, desaparece.

El equilibrio depende, más que de la cantidad de cosas de las que uno se ocupa, de si se sabe, en cada momento, cuáles son propias de verdad. El liderazgo generativo plantea algo parecido: ese equilibrio no se suelta, se construye —diciendo en voz alta lo que antes se resolvía en silencio: qué se espera, qué se necesita, qué corresponde esta vez a otra persona—. El silencio, cuando ocupa el lugar de esa conversación, también puede ser una forma de hacerse cargo de todo.

Ahí encuentro yo, hoy, una forma más serena de responsabilidad. Es hacerme cargo de lo que me corresponde. Y dejar, de verdad, un sitio vacío para que el otro haga lo suyo.

María José Arévalo es coach profesional acreditada PCC por ICF, mentora de coaches, supervisora de coaching y consultora especializada en liderazgo y equipos, además de docente universitaria. Diseña y conduce procesos de transformación para líderes, equipos y coaches, integrando coaching ontológico,coaching sistémico, liderazgo generativo y trabajo corporal en una metodología propia.

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